REEDICIÓN (edición: 29/10/2012)
Desde
niño me sedujo su funcionamiento. La magia de que pudiera llegar a un aparato
que tenías en casa, sin cables de por medio, por obra y gracia de las ondas, la
voz de alguien que estaba muy lejos.
Creo
que fue Matilde Perico y Periquín el
primer programa que seguí con una cierta asiduidad. Recuerdo también que en las
Navidades estaba Pinzón, un pájaro
hijo de puta que se chivaba a los Reyes Magos de las cosas malas que hacían los
niños para que les dejaran carbón. Fueron mis primeros pasos, pero entonces
todavía no llegué a engancharme.
Dependía de una radio ubicada en el cuarto de estar, que no estaba vedado a los
peques pero era más territorio de adultos.
La
aplicación de las pilas iba a ser muy importante para su expansión. Yo lo
descubrí a través del transistor de tía Pilarín, la maestra, que venía a pasar
con nosotros unos días de sus vacaciones. Ya no tenías que ir tú a la radio,
sino que era la radio la que te acompañaba allá donde fueras. A la sombra de un
tamarindo, con todos los sobrinos alrededor, esperando entre canciones que
llegara el extracto de La ciudad no es
para mí, de Paco Martínez Soria. Desde entonces tuve la certeza de que ese
invento iba a aportarme muchos momentos de compañía en mi vida.
Todavía
tendría que producirse un abaratamiento en el precio para que la nueva radio
pudiera alcanzar definitivamente su popularización. Un transistor no era
entonces un aparato asequible al bolsillo de unos Reyes Magos que tenían que
comprar juguetes para seis hermanos más. Ni se me ocurrió pedirlo todavía. Sin
embargo me habló mi padre de la radio galena y esos fueron mis primeros pinitos
con un aparato en propiedad. Un cable a tierra a través del radiador y otro de
antena al jergón de la cama, que ampliaba haciéndola extensiva a los de mis dos
hermanos que dormían a mi derecha. Unos auriculares me permitían escuchar
relativamente bien una emisora. Pero la
ilusión duró el tiempo que me llevó asumir el misterio, porque el sistema
resultaba bastante incómodo.
Con
el paso del tiempo los
precios fueron bajando. Me consta
sin embargo que aquél año los Reyes,
conscientes de lo que para mí significaba, hicieron un esfuerzo. Tenía quince
años cuando estrené mi primer
transistor, un Lavis rojo con funda de plástico negra. Creo que ha sido el regalo
más deseado de cuantos me han hecho en
mi vida. Desde entonces no me he separado de la radio.
La
televisión ya llevaba unos años
funcionando y enseguida salieron los agoreros, empeñados en darle la extremaunción
al aparato del que sólo salían sonidos. Mientras tanto la radio se hacía
accesible a más bolsillos y se iba ubicando en más lugares. El invento de las
imágenes requería atención en exclusiva, mientras que el de los sonidos era
compatible con casi todas las actividades de la vida.
El
tiempo ha dado la razón a quienes decían que había mercado para ambas. La proliferación de emisoras y
canales es la prueba más concluyente.
Sin embargo la evolución de una y otra ha sido, a mi modo de ver, totalmente contrapuesta.
Mientras la competencia ha sido el acicate que ha impulsado a las radios a
mejorar la calidad, las televisiones han optado por igualarse en la
mediocridad.
Larga
vida para la radio, mi fiel e
inseparable amiga.