REEDICIÓN (edición: 19/09/2012)
![]() |
Foto de Johannes |
Este
relato lo he escrito para responder a la invitación del amigo Nergal, cuyo blog
es El cajón de Pandoro. Simplemente
hay que publicar una entrada sobre las vacaciones. Yo,
como se puede elegir, me he decantado por aquéllas que me traen mejores
recuerdos.
Ni playas caribeñas, ni montañas exóticas, ni hoteles paradisíacos, ni carismáticas ciudades, ni safaris fotográficos, ni cruceros por el mundo mundial. Mis mejores vacaciones fueron las de mi infancia, en una casa agrícola en medio de Los Monegros, con mis seis hermanos, tres primos y amigos que iban y venían. También estaban las personas mayores, claro.
Después
de nueve meses en colegio de curas, con dedicación y disciplina de las de
antes, te habías hecho devoto de San Luis Gonzaga. Solía ser sobre su fecha, el
21 de junio, cuando empezaban las añoradas vacaciones de verano. El día 22 se nos antojaba demasiado tarde para salir de
estampida hacia la libertad. Mi padre tampoco se hacía el remolón para venir a
buscarnos, porque como durante el resto del año tenía que aprovechar los fines
de semana para venir a vernos (los niños estábamos en Zaragoza, con mi madre y
Pilarín, por los estudios) quería aprovechar para disfrutar (es un decir) de
la familia a tiempo completo esos tres meses largos (hasta primeros de octubre).
Las
carreteras y los coches de entonces convertían los ciento siete kilómetros que
nos separaban del destino en la primera aventura del verano. Entre el anciano Peugeot gris descatalogado (matrícula
Z-9753) y el verde Seat Seiscientos (Z-24673), en el que mis padres llegaron a
meterse con once niños (entonces no paraba la benemérita por esos motivos) estaba
el vehículo destinado a llevarla a buen término.
Recuerdo
el sabor de la biodramina, que me
daba mi madre por ser proclive a los mareos. Producía el efecto contrario al
deseado, porque lo relacionaba con los mismos y me garantizaba las nauseas
antes de subir al coche. Nos hicimos auténticos especialistas, primero en caber
y luego en colocarnos de la forma más cómoda posible. Sin embargo era raro que
no hubiera que interrumpir el viaje en un par de ocasiones, para solventar asuntos
personales (pises, mareos o piernas dormidas) o técnicos (pinchazo o calentón
del agua del radiador). Cada uno de los pueblos por los que pasábamos (Villanueva
de Gállego, Zuera, Almudévar, Tardienta, Almuniente…) daba nombre a los
capítulos del viaje y rienda suelta a las preguntas sobre el tiempo o el
espacio que faltaba. El último (Grañén) era la referencia de que nos
encontrábamos a doce kilómetros de la añorada meta. Recién pasada la estación
de Poleñino se divisaban ya los dos árboles que custodiaban la entrada a los seiscientos
metros del camino de las moreras, que daba definitivo acceso a los edificios.
Los
abuelos se habían adelantado o estaban a punto de llegar, lo mismo que los tíos
y primos. Los que por vivir allí todo el año siempre se encontraban para recibirnos eran
Paco y Atina, los encargados, demasiado jóvenes para ser nuestros terceros
abuelos pero con todos los derechos adquiridos desde un punto de vista
afectivo. Su hija Pilarín, a la que he nombrado antes, vivió con nosotros hasta
que se casó. Fue nuestra segunda madre. Con cualquiera de ellos, o con los
tres, podría hacerse la más entrañable de las entradas.
Nuestra
primera actividad consistía en fabricar un lugar donde reunirnos la gente
menuda. Bajo las severas instrucciones de nuestro hermano mayor y líder (además
de alguna que otra hostia, que enseguida obviabas para no caer en la vergüenza
de ser expulsado de la banda) fuimos mejorando con los años en espacio,
solidez e impermeabilidad. El paso del Paleosáquico
(antigua construcción con saco) al Neopájico
(nueva construcción con pacas de paja) resultó definitivo. En esas barracas,
evidentemente con acceso vedado a los mayores, se fraguaban todas nuestras fechorías.
Eran
tiempos en los que la austeridad formaba parte de la educación, independientemente
de la situación económica de cada familia. Te creabas muchos más juguetes de
los que te regalaban. Primaba la imaginación sobre la evidencia. ¿Para qué
necesitabas algo con forma de caballo pudiendo galopar con una caña entre las
piernas?
No
se compraban cosas para adaptarlas a las supuestas necesidades de las personas,
sino que las necesidades de las personas se adaptaban a las cosas que había. La
bicicleta era un modesto vehículo, pero un juguete de lujo. El problema no era
que no te la cambiaran por otra cuando crecías, sino simplemente que no tenías.
En nuestro caso había dos, heredadas de la generación anterior, para los diez
primos. En unos Reyes se incorporó una tercera a la cuadra, que nos hizo los
seres más felices. Por supuesto era de tamaño grande, como las otras, porque en
caso contrario a los mayores no les hubiera servido cuando se les hubiese
quedado pequeña, mientras que de esta forma los pequeños podían pedalear de pie
hasta que les llegara el culo al asiento.
Un
día que les contábamos a mis sobrinos que el 10 de agosto mi abuela nos dejaba
tomar una coca-cola para celebrar el
día de San Lorenzo, patrón de Huesca, se quedaron callados esperando la
explicación de dónde estaba la gracia. Tuvimos que aclararles que entonces esas
cosas estaban en casa para las visitas y las personas mayores. La bebida de los
niños era el agua (por supuesto del grifo o del pozo) y, de vez en cuando,
aquéllas gaseosas que te fabricabas mezclando el contenido de un sobre amarillo
con el de otro blanco. A primeros de mes ya estabas dándole vueltas a la
decisión de si ese año te ibas a decantar por la coca-cola o por el kas de
naranja. Y disfrutando como un enano de esos momentos, que entonces todavía no
se habían inventado los traumas infantiles.
Teníamos
piscina y bien grande por cierto. ¿Qué es eso de la depuradora y los
tratamientos del agua? Hubieran matado a
las ranas y culebras, no seas burro.
Dos
de aquellos veranos estuvieron presididos por sendos regalos antológicos. El
primero fue de nuestro abuelo. Un coqueto carro pintado de rojo, en el que
enganchábamos a la burra Platera, se convirtió en nuestro vehículo de
excursiones y aventuras. El segundo, cuando éramos un poco más talluditos, de
nuestro padre. Con una moto vieja, las ruedas de una vespa, un poco de imaginación y la eficaz colaboración técnica y
mano de obra de los hijos del herrero de Poleñino (el tiempo demostró lo que
valían esos chavales) nos hizo un kart,
con el que aprendimos a conducir y pasamos momentos inolvidables.
La
televisión era ese aparato nuevo que había comprado el abuelo y que veían los
mayores. A los pequeños solo nos apetecía por la noche, cuando ya no se podía estar
por la calle, pero entonces tenías que marcharte a la cama o salían los putos
rombos. Dichosos rombos. No creo que los pusieran por el
destape, porque por aquél entonces cuando a una mujer se le ocurría
enseñar en su escote el principio del canalillo, le plantificaban una gasa para
que no se excitara el personal. Y eso hubiera sido además por los mayores, porque a nuestras
edades entendías un poco de culos, pero a las tetas todavía no les habías
encontrado otra gracia que la de dar de mamar a los críos.
Mi
hermana la mayor siempre dice que a su hija apenas le contó cuentos, porque
cuando empezaba con Caperucita y el lobo le decía que le gustaban más sus
relatos de lo que hacíamos cuando éramos pequeños.
Tus vacaciones... un viaje a la infancia, en cierto modo, a la infancia de todos. Me ha gustado :D
ResponderEliminarMe alegra que te haya gustado.
EliminarBesos.
Chema, que me has puesto nostálgica, he recordado los viajes de vacaciones con mis padres y mi hermana, que tiempos aquellos tan chulos.
ResponderEliminar"Todavía no se habían inventado los traumas infantiles" una frase genial y que define junto a la imaginación por encima de los juguetes toda una generación.
Besitos!
Veo que a todos nos provoca una cierta nostalgia, pero son recuerdos muy entrañables.
EliminarBesos.
Se nota, por los detalles, que las disfrutaste a lo grande. Sí, que trae aromas de nostalgia esta entrada, sí.
ResponderEliminarUn abrazo.
Sí que las disfruté, la verdad. Viniendo además del colegio, con los horarios y la disciplina de entonces, le sacabas a todo más partido.
EliminarUn abrazo
Cosas como "entonces no paraba la benemérita por esos motivos" o "los pequeños podían pedalear de pie hasta que les llegara el culo al asiento" han hecho que mereciese la pena leerte hasta el final. Pero lo de "entonces todavía no se habían inventado los traumas infantiles" ha sido definitivo.
ResponderEliminarGracias, maestro.
Te agradezco que lo hayas leído todo y tan en profundidad, porque la verdad es que me ha salido un poco tocho.
EliminarUn abrazo.
Qué bonitos recuerdos. Yo también me mareaba con la biodramina. Un beso.
ResponderEliminarSupongo que eras las carreteras, las suspensiones y los olores, pero es cierto que entonces más frecuente marearse en el coche. Me alegra que te hayan gustado mis recuerdos, seguramente porque te habrán recordado otros tuyos parecidos.
EliminarBesos.
¡Qué maravilla, Chema! Desde que me dijiste que escribirías una entrada sobre las vacaciones de tu infancia, la esperaba con impaciencia. Supongo que Pilarín es a quien dedicabas el Álamo Negro que tanto me gusto. Gracias por la magia con la que sabes relatarnos tus recuerdos y por este nuevo viaje a Los Monegros; el lugar me fascina desde que lo descubrí en tu entrada a “Ruja”.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo.
PD : Yo también sobre proclive a los mareos y adicta a la biodramina.
Me sigues alucinando con tus comentarios. Creo que conoces mi blog mejor que yo mismo. Lo recuerdas todo. Muchas gracias.
EliminarLa persona a la que le dedicaba “El Álamo Negro” era Pilín (no Pilarín), Su marido fue amigo de mi padre desde el colegio y las mujeres congeniaron cuando se casaron. Sucedió lo mismo con otros dos matrimonios más. De pequeños les llamábamos tíos.
Un fuerte abrazo y muchas gracias de nuevo, Karima.
Se nota que lo has recordado y lo has escrito con un cariño y una ternura inmensa!! Además, como ya han recogido en varias frases en otros comentarios, has dicho verdades como puños...
ResponderEliminarMe alegro de tus felices vacaciones de la infancia.
Besos
Tienes toda la razón. Son recuerdos compartidos con los seres más queridos, algunos de los cuales ya desaparecidos.
EliminarBesos.
Me has hecho recordar algo que tenía olvidado, el lujo que era una cocacola, sí señor, ahora hay cosas que las damos por normales y desde luego no lo eran, a mí por cierto lo que me daban en ocasiones especiales era una mirinda :D
ResponderEliminarY no te digo nada cuando de muy tarde en tarde tocaba el pincho moruno, eso ya era el acabose.
Bonita historia, como dicen arriba llena de nostalgia, un abrazo mozo.
La Mirinda la recuerdo de más mayor. Solía tomarme una cuando paraba a echar gasolina a la moto, de regreso para pernoctar en casa desde Barbastro, en cuyo regimiento estaba haciendo las prácticas de la mili. De allí me quedó uno de mis mejores amigos. Seguramente dentro de un rato quedaremos a tomar una caña.
EliminarUn abrazo.
Estoy de acuerdo con todos los compañeros.
ResponderEliminarUna entrada nostálgica, llena de recuerdos que creo que son, si no el factor común de las vacaciones de entonces, sí parecidos a la mayoría de los recordados de los españolitos que vivimos esa época.
La has escrito muy bien, es parte de tu vida que has compartido y nos ha hecho volver la vista atrás.
Un beso.
Otra que se me ha puesto nostálgica. Creo que es inevitable. Me alegra que te haya gustado.
EliminarBesos.
Los recuerdos de esos "buenos tiempos", se quedan en un almacén interior al que recurrimos , de vez en cuando, para evocar experiencias.Debes sentirte afortunado de tener esos recuerdos en tu almacén personal...
ResponderEliminarEsa Coca Cola el día de San Lorenzo ( supongo que de blanco y fajín verde, como tiene que ser)!!Las cosas más sencillas se convierten en las más especiales en los días de hoy...
Un saludo.
Como dices, me siento muy afortunado por poder tener esos recuerdos.
EliminarYa veo que las fiestas laurentinas no te son ajenas. Tuvieron que pasar aún unos años para que yo las viviera con el pañuelo verde al cuello. Me encantan las fiestas de las ciudades pequeñas (y las de los pueblos), porque estás de fiesta en todos y cada uno de los sitios. Desde que entras, hasta que sales.
Saludos.
Hermoso relato Mac, me ha encantado, me has transportado a tus tiempos y tus lugares, qué lindo. Es como cuando papá me cuenta historias de sus vacaciones en el pueblo y lo que hacían y cómo se lanzaban de cabeza a los canales de regadío y sobrevivieron para contarlo, en fin, me he sentido casi casi protagonista... gracias por esta historia tan entrañable...
ResponderEliminarGracias a ti por leerla y por sacar conclusiones tan bonitas de su lectura. Seguidoras como tú compensan con creces el esfuerzo realizado.
EliminarBesos.
Jajaja que maravilla de infancia, ha sido un placer leerte porque me hiciste recordar algunas cosas también de mi infancia.
ResponderEliminarJaja eso de que no se inventaban los traumas infantiles es muy cierto desde que aparecieron el mundo dejó de ser mundo y se convirtió en capricho para los niños.
Un abrazo feliz.
Me gusta que con mi infancia os estoy recordando la vuestra. Y sobre todo porque veo que a todos el recuerdo nos pone una sonrisa en la cara. Hay que das gracias a nuestros mayores por haberlo hecho posible.
EliminarOtro abrazo feliz para ti.
Me provocas una ternura infinita, Chema.
ResponderEliminarLa mejor agua que he bebido en mi vida, la que yo misma "puaba" del aljibe de una pequeña casita de monte. Pequeña es eso....pequeñisima ajjaja
Cuando mejor lo pasé: haciendo muñecos con el barro que se formaba tras una noche de lluvia.
Mis aventuras: ir descalza en medio del monte, subirme a los algarrobos y buscar caracoles para que los guisara mi tia
Impagables, y por supuesto , irrepetibles
Muchiiiiiiisimas gracias!
De cualquier tontería sacabas una aventura y de cualquier objeto un juguete. La mayoría de los juegos requerían ejercicio. No tenían que obligarte a salir a la calle, sino a entrar en casa. No se hablaba de obesidad infantil.
EliminarLas gracias a ti, por leerme y sacarle tanto partido a mi relato.
Besos.
Mejorando a los presentes, que son muchos y buenos, es tu entrada una de las que más me ha llegado, compañero.
ResponderEliminarQuizás porque, como dicen más arriba, nos has proporcionado unas entrañables vacaciones a la infancia. A ese seiscientos que se recalentaba (SE-86505), a esos primos y esos abuelos y esos tíos con los que compartíamos unas semanas, al viejo pueblo, a las eternas carreteras y el complejo tetris que había que armar para meter tanta gente y tanto bártulo en un coche. Las bicis, las cabañas, los mil juguetes de que estábamos rodeados (palos de escoba que eran caballos, pinzas de ropa que eran pistolas, tapaderas de ollas que eran escudos, bombos de detergente que eran tambores, toallas que eran capas, cojines que eran barcazas, armarios que eran pasadizos, ramas que eran espadas...)
Qué bella entrada, compañero. Inmejorable.
Y aquéllas sí que eran vacaciones... O por mejor decir, éstos de hoy ya no somos aquéllos.
Un sincero y afectuoso abrazo.
Me ha llegado al alma, amigo.
A mí sí que me ha llegado al alma tu comentario, amigo Jesús, sobre todo viniendo de quien escribe como los ángeles. Cuando empecé a leer el tuyo (seiscientos incluido) pensé que iban a sospechar que éramos de la familia e íbamos a narrar las mismas vacaciones. Luego ya derivamos cada uno hacia nuestro entorno. Qué bien me has pillado la idea, sacando juguetes de donde yo los sacaba. Comentarios como el tuyo engrandecen las entradas. Así da gusto.
EliminarUn fuerte y entrañable abrazo, compañero.
Muy bien narrado, me has puesto nostálgico. A mi pueblo se tardaba unas cuatro o cinco horas, nunca olvidaré el sabor a la maldita biodramina de las narices.
ResponderEliminarPor lo demás, recuerdos muy felices, inolvidables veranos en los que te pasabas todo el día en la calle.
Un abrazo.
Unos mayores que otros (yo de los que más), pero nos hemos juntado por aquí gentes de una generación que ha vivido lo que yo he narrado o parecido. Inevitable la nostalgia. Lo que no sabía es que estábamos tantos biodraminómanos.
EliminarUn abrazo, Jon.
Un viaje en el tiempo, a los tiempos de nuestra infancia, donde todo era sencillo, sin complicaciones, donde la imaginación jugaba un importante papel para poder disfrutar de la vida.
ResponderEliminarUn bonito recuerdo, un precioso relato.
Un abrazo
Muchas gracias, Mercedes.
EliminarUn abrazo.
jajajaja qué recuerdos. Es cierto había pocos juguetes y mucha imaginación.
ResponderEliminarEntonces se jugaba al aire libre lloviera o granizara, jaja.
Me gustó leerte, Macondo.
Un besazo.
Es cierto que casi todos los juegos eran de calle y haciendo ejercicio. Lo de “si el tiempo no lo impide”, que reza en los carteles taurinos, no existía.
EliminarA mí también me ha gustado que me leyeras. Y que comentaras.
Besos.
Jodo!! Me ha encantado sobre todo por lo evocan.
ResponderEliminarPero como tengo dejar la marca de la casa….. ;)
Tú no tienes perdón de dios con lo sitios chulos de mierda que hay por ahí y te vas a los Monegros de vacaciones ¡Amos no jodas ¡!
Las próximas vacaciones no me importaría marcármelas contigo ese lugar, el seiscientos lo pongo yo.
Un saludo
Haces bien en dejar la marca de la casa, pero ve preparando el seiscientos por si acaso.
EliminarSaludos.
Gracias Chema. De unas vacaciones inolvidables en el presente, no podía llegar otra cosa que el recuerdo tierno y nostálgico de las pasadas...
ResponderEliminarGracias por aquellas que compartimos. Y gracias por éstas también.
Aquéllas y éstas las disfrutamos todos, por lo que no tenemos nada que agradecernos los unos a los otros. Simplemente tratar de repetirlas siempre que sea posible.
Eliminarqué bueno que estuvo esto mac. me lo había perdido por razones laborales, (estoy un tanto atareado en los meses de primavera y verano) pero me gustó muchísimo. Y me recordaste a los cuentos de mi padre sobre las primeras coca colas que escupian cuando se las regalaban por ser muy feas para ellos. Una lección de vida y un gustito agridulce q sin hacer apología de la pobreza nos hace ver en cuantas idioteces de gastos se nos va la vida y nunca medimos el esfuerzo que nos lleva juntar ese dinero. Gracias amigo. muy lindo post.
ResponderEliminarRecuerdo cuando nombraba mi padre la Coca-Cola como “ese jarabe asqueroso de los americanos”. Se la habían dado sin enfriar y no le había gustado nada.
EliminarMe alegra que te haya gustado.
Saludos.
He leído tu entrada con una media sonrisa en los labios y algo de envidia por no haberme puesto nostálgica, porque las vacaciones de mi infancia siempre dejaron mucho que desear. Pero he saboreado cada una de tus letras y me ha encantado :) Gracias.
ResponderEliminarUn saludo
Gracias a ti por tus motivadoras palabras.
EliminarUn saludo.
Que preciosidad de entrada. Así eran las vacaciones y la infancia.
ResponderEliminar"No se compraban cosas para adaptarlas a las supuestas necesidades de las personas, sino que las necesidades de las personas se adaptaban a las cosas que había"
Esa frase resume toda una filosofía de vida, que esconde el secreto de porque somos como somos.
Felicidades amigo, nos has hecho recordar nuestra infancia, estemos donde estemos.
Besazo
Muchas gracias, guapa.
EliminarBienvenida de vuelta a casa.
Besos.
Me has puesto nostálgica Chema, ¡qué recuerdos! y qué vida aquella tan sana. Esos tiempos no volverán, pero permanecerán vivos mientras estén en nuestra memoria para poderlos contar.
ResponderEliminarUn gran placer.
Con estos entrañables relatos familiares de nuestra infancia nos ponemos todos nostálgicos.
EliminarMuchas gracias por leerlo y comentar, María Pilar.
Besos.
Me encantaaaaaaaa!
ResponderEliminarLa frase de que no se habían inventado los traumas infantiles deberías ponerla por aclamación popular en tu próximo post de citas.
Y me has dado una idea para hacer una entrada con mis veranos en el campo con mis primas. ¿No tendré que abonarte el copiraiggggg, verdad?????
Besos de nuevo.
Gracias por venir a verla. Es una de mis entradas favoritas. Me alegra haberte inspirado para hacer otra. Me consideraré pagado con el placer de leerla.
EliminarBesos.
Ayyyyyy qué tiempos!!!! Nosotros también llenábamos el coche de niños, en nuestro caso un 124 o el Renault 8 de mi abuelo.
ResponderEliminarMe ha encantado el post de esa época en la que no se habían inventado los traumas.
Un abrazo.
Gracias por haber encontrado un rato para leerlo.
EliminarUn abrazo.
Qué bueno, "fil per randa" es casi mi recuerdo de mis vacaciones en Lanaja, a tiro de piedra de Poleñino, de donde por cierto provenía la familia de mi padre. Un saludo cordial. Joaquim Pisa
ResponderEliminarCelebro que hayas encontrado esto, Joaquim, y te agradezco el comentario. El apellido Pisa es muy de la zona. Seguro que mi cuñado sabe quien es tu familia, porque es de Poleñino y vive allí con mi hermana. Mi hermano tiene una casa en Cantalobos y van a pasar allí algún fin de semana y vacaciones.
EliminarHa sido un verdadero placer recibir tu visita.
Qué bueno Chema, me ha encantado. Me ha traído recuerdos de esos veranos larguísimos en los que una hasta tenía ganas de ir al cole, eso sí solo a saludar a las amigas porque en mi cole no había amigos jajaja
ResponderEliminarGracias por estas sonrisas y recuerdos
Un beso
A mí la verdad es que nunca me ha gustado ir al cole. Ni el primer día, por la ilusión de reencontrarme con los compañeros, ni por los libros nuevos. Además, muchos eran heredados de mis hermanos mayores. :)
EliminarUn beso.
Pues mira que estrenar los libros nuevos a mi me encantaba, los lápices todos afiladitos, la goma de nata limpita...Uy eso me encantaba, al cabo de una semana ya menos.
EliminarTu relato ya te comenté que me encantó. Te deja con una sonrisa enorme.
Recuerdo mi primer sacaminas metálico y mis primeros forros de plástico, que traía mi abuela de Francia. Yo es que soy muy mayor, sabe usté.
EliminarGracias por recordarme que te había gustado.
Hola, Macondito;
ResponderEliminarDecirte que no me perdí. Bueno, quizá sí, pero solo a rato, y que eres tú el que está bien agazapado detrás de esta bitácora porque no he sido capaz de encontrar otra manera más "íntima" de contactar contigo.
Quería contarte que he publicado un libro (en realidad dos) y en uno de ellos me he valido de un precioso párrafo tuyo así que, a falta de invitarte a un merecido café o a un más merecido vino, déjame mientras que te envíe un ejemplar. Así que déjame pedirte que seas tú el de que contactar conmigo y enviarme tu dirección DE VERDAD, pero estás de suerte... yo sí que soy casi casi pública y seguro que me encuentras :)
Muchos besos (que andábamos con retraso en esto).
P.D. El enlace o el enlace de rss que tienes de mi blog no está actualizado o algo sucede para que te aparezca que mi última publicación fue hace 2 años ¡con lo pensada que soy!
https://otropostdata.com/
Dichosos los ojos ibicenca-murcianica.
EliminarSí que te he echado mucho en falta, pero sin sorprenderme. En esto de la blogosfera lo raro es la constancia. Hasta nuestra Inmaculadica se fue hace un par de años a comprar tabaco y hasta ahora.
Espero que en ese párrafo de tu libro esté citada debidamente la procedencia, porque si no se te puede caer el pelo. Estoy yo muy concienciado con esto de los plagios.
Yo también estoy en gestiones para publicar mi primer libro. Todavía no lo sabe casi nadie, pero tú eres como de la familia y tenía que decírtelo.
Voy a ponerme en lo de la actualización del enlace de tu blog.
Si quieres un correo electrónico mío, aquí lo tienes: quijano53@hotmail.com
Esos besos que llevamos retrasados pienso cobrártelos todos el día que nos pongamos las caras.
De momento, te dejo estos.
Y decirte que, como buena coetánea, disfruto rememorando esas vacaciones y me parece que sería UN REGALO (mayúsculo) para estas generaciones Iphone6, que pudieran vivir, aunque fuera una sola vez en su puñetera vida, un verano semejante.
EliminarEso me parece a mí también.
EliminarHola, Macondo!
ResponderEliminarMe he visto muy reflejada en lo que nos has contado. Yo recuerdo de ir en el Seat 124, mis padres, mis tres hermanos y yo. Sin arie acondicionado, sin cinturones de seguridad en la parte de atrás, con el maletero cargado hasta arriba. Que cuando había que subir el Puerto de la cadena, en alguna curva parecíamos los picapiedra, porque casi teníamos que empujar el cohe. Tenían mis abuelos una casa en la playa, y ellos o bien nos esperaban a nosotros o viceversa. El caso es que estar todos juntos los dos meses de verano, era lo mejor del mundo.
Cuando ya estábamos en casa, yo me bajaba corriendo del coche para darle un abrazo enorme a mis abuelos. Luego iba a por mi maleta para dejarla en mi habitación y a disfrutar de la vida!
Un beso!
Como se nota que eres una chavalica. Cuando salió el cinturón de seguridad y el aire acondicionado yo ya era bastante viejuno.
EliminarAquello sí que eran vacaciones. Lo largas que eran y, sobre todo, lo largas que nos parecían. ¡Qué recuerdos!
Un beso.
Ufff!, como he disfrutado leyéndote, me has traído a la mente muchos recuerdos hermosos, esas vacaciones de antes tenían un encanto especial, por lo menos yo, así lo siento, a pesar de tanto tabú impuesto por la sociedad y sus trauma, es muy grato recordarlas, pero en fn, prestemos atención a las de ahora, que ya las estoy añorando.
ResponderEliminarUn placer Chema.
Abrazo y feliz día.
Los traumas infantiles a mí ya no me afectaron porque me pillaron mayor. A ti si porque, como Éowyn, eres una chavalica.
EliminarLa verdad es que eran una gozada esas vacaciones.
Un placer también para mí, Carmen.
Un abrazo.
Vaya despliegue de recuerdos. Fuiste muy afortunado. Felicidades. :)
ResponderEliminarUn abrazo.
La verdad es que sí. Me considero muy afortunado.
EliminarUn abrazo, Alfred.
Si, muy buenas vacaciones....
ResponderEliminar¿Verdad que sí?
EliminarBonito y sentido texto.
ResponderEliminarUn abrazo.
No me costó ningún esfuerzo escribirlo. Ha ido saliendo solo, a pesar de los años. O precisamente por eso, porque como me voy haciendo mayor lo que mejor recuerdo es lo de haca más de 50 años.
EliminarUn abrazo.
Nada más ver el título recordé el post, me encanta así que vuelvo a dejar comentario.
ResponderEliminarFeliz jueves.
Lo siento Marigem, porque a ti te lo enlacé hace menos de dos años. Ya ves que estoy sacando partido a tus lecciones magistrales sobre la reedición de entradas.
EliminarFeliz día también para ti. Y fin de semana, que está ahí mismo.
Un abrazo.
¡Horror! pensé cuando llegué a lo del Neopájico, este lo va a soltar, pero no, falsa alarma...jajajaja
ResponderEliminarPodría firmar la entrada en cuanto a diversiones o entretenimiento...
Incluso el Neopájico...jajajaja
Salud y abrazo
Tú siempre pensando en lo único, Genín. XD
EliminarMe alegra que las disfrutaras como yo.
Salud y abrazo.
EStoy en tu tono. Mis vacaciones favoritas fueron al lado de los primos y primas, más por éstas últimas que me encantaban a morir. Un abrazo. carlos
ResponderEliminarVamos coincidiendo casi todos en las mejores vacaciones, a pesar de haber visitado maravillosos lugares del mundo mundial.
EliminarUn abrazo, Carlos.
Describes con gran fidelidad unas vacaciones que en la niñez se quedan gravadas para siempre.
ResponderEliminarEn mi caso no fueron unas vacaciones, viví en el campo hasta la mayoría de edad y este relato me trae muchos gratos recuerdos, en aquellos años hasta los momentos malos los pasábamos mejor.
Un abrazo.
Soy bastante selectivo para mis recuerdos y trato de quedarme solo con los momentos buenos. Me sucede hasta con la mili.
EliminarUn abrazo.
Yo pude disfrutar de vacaciones parecidas, y también en Aragón...
ResponderEliminarVacaciones de dos meses en los que cada día era un universo diferente.
Me dan pena los niños de hoy en día porque creo que han salido perdiendo con tanta pantalla y tanta tecnología.
En fin...
Saludos.
Yo, como soy más viejo, aún las tenía un poco más largas: de 21 de junio a 2 de octubre. Mucho tiempo y además de cuando se hacía largo. Cuando te decían "el curso que viene" te entraba la risa floja, porque te parecía que no iba a llegar nunca.
EliminarTe doy toda la razón en lo de los niños de ahora. Tienen todo lo que quieren y son mucho más infelices.
Saludos.
Y esas eran las mejores vacaciones, las de antes, como esas no las habrá, una pena que los niños de ahora no las conozcan.
ResponderEliminarBesos.
Eso comentábamos con Toro inmediatamente más arriba. Los niños de ahora, teniéndolo todo, no me dan ninguna envidia.
EliminarBesos.
Un placer pasear por tus recuerdos Macondo y no me extraña que a tu sobrina le gustara más vuestras andaduras que ese lobo feroz que se comía a Caperucita.
ResponderEliminarLos rombos, los putos rombos jajajajaja tienes razón!!
Un beso grande
Un rombo para mayores de 14 y dos para mayores de 18. Hasta Bonanza me parece que llevaba un rombo cuando alguno de los hermanos se echaba un ligue con el que se daba algún beso.
EliminarOtro gran beso para ti, Carmela.
Lo que vivimos en la infancia siempre nos acompañara... Ahí es donde nos forjamos...
ResponderEliminarUn abrazo
Una infancia feliz es un tesoro.
EliminarUn abrazo, Ildefonso.
A los niños de esa época, no les importaban las playas coralinas ni los hoteles de lujo tanto como un pueblo donde corretear, hacer travesuras y emprender grandes aventuras armados con un tira-chinas, un palo y con un refugio construido a mano. Vacaciones en libertad y al aire libre.
ResponderEliminarYo también viví experiencias de ese tipo en algún que otro pueblo donde teníamos familia. Uno de ellos, y del que guardo muy grato recuerdo, fue Escatrón, en la provincia de Zaragoza y a orillasd del Ebro, donde nos bañábamos en un remanso de aguas tranquilas (a diferencia del gran y peligroso caudal del centro del rio) al que llamábamos "la playa". ¡Qué tiempos aquellos!
Un abrazo.
Tradicionalmente los aragoneses hemos compartido lugar de vacaciones con los catalanes. Los emigrantes asentados allí, volviendo al pueblo para compartir esos días con la familia. Los amantes del mar, buscando el que aquí no hay en la tierra de los vecinos.
EliminarLa verdad es que en aquellos tiempos sabíamos echarle imaginación para sacarle partido a cualquier cosa.
Un abrazo.
Bello texto, gracias por compartir. La infancia es siempre el camino a casa. Saludos
ResponderEliminarGracias a ti por venir a leerme. Sois los lectores los que le dais sentido al blog. "Sin ti no soy nada", que diría mi paisana.
EliminarSaludos.
Lo bueno de que estés reeditando, es que como por aquellos tiempo los blogs no existían en mi pequeño mundo, pues no te podía leer.
ResponderEliminarCreo que la biodramina no le ha ido bien nunca a nadie. Tengo muy malos recuerdos de ella y los viajes.
Muy bonitos recuerdos, Macondo. Qué tiempos y qué pena que ya hayan pasado.
Un abrazo, y feliz tarde.
Cuando edité esta entrada el blog tenía menos de un año y los lectores eran menos, además de que muchos han dejado la blogosfera.
EliminarUn abrazo, Irene. Feliz tarde también para ti.
Qué recuerdos tan bonitos. Cuánto se disfrutaba de todo antes, cuando aún "no se habían inventado los traumas infantiles" ;) y qué novedoso y extraordinario resultaba todo lo que hoy día es vulgar y cotidiano.
ResponderEliminarComo ya se ha dicho en otros comentarios, hay cosas en las que los niños de hoy salen perdiendo sin duda, aunque tengan de todo, o más bien por eso mismo.
Te felicito por tu texto y por aquellas vacaciones que viviste.
Antes los niños disfrutaban con lo que tenían y ahora sufren por lo que no tienen. Lo extraordinario se ha convertido en cotidiano —como tú dices— y deja de disfrutarse.
EliminarGracias, Ángeles.
Mis abuelos me embarcaban en un camión y después de dos días de viaje llegaba a un pueblito donde vivían mis padres con su pequeño hijo y allí la diversión de los niños era muy diferente a cómo nos divertíamos en la ciudad.
ResponderEliminarAbrazos
Diferente, pero... ¿mejor o peor?
EliminarUn abrazo.
Hola Chema esas si que eran vacaciones se disfrutaba de lo lindo con cosas normales, eran tiempos de naturaleza y libertad, no hacía falta gran cosa para pasarlo en grande, con cualquier cosa que encontrábamos nos divertíamos.
ResponderEliminarLos veranos en el pueblo eran un encuentro con la naturaleza. Que tiempos tan bonitos, cuantos recuerdos de las vacaciones en el pueblo uff, cuantos recuerdos...
Besos
Puri
"Nostálgicas vacaciones" podría titularlas al leer vuestros comentarios.
EliminarBesos, Puri.
¡Qué buenos recuerdos y qué bien contado!
ResponderEliminarGracias, Silvia.
EliminarVacaciones de infancia y solana, de gaseosas, imagino, y de botijos, de libertad sin pecado, de recuerdo en la mirada
ResponderEliminarMuy bonita tu entrada. Un abrazo
Y de botijos, efectivamente. Allí aprendí a beber en botijo.
EliminarGracias.
Un abrazo.
¡¿quién no se puede sentir atcado por la melancolía al retrotrese a las vacaciones de la infancia?!
ResponderEliminarHce un tiempo caminaba por las calles y al sentir el olor a las bombuchas (bombitas de agua) fue un portal hacia mis vacaciones de chico. Un mazazo en la cabeza... no pude dejar de pensar en eso por cuadras y horas
Abrazo!
A mí me ocurre con el olor de la hierba cuando la cortan en los jardines.
EliminarUn abrazo.
Leyendo tu relato digo: Cómo ha cambiado la vida. No sé si para bien o para mal pero estos recuerdos que nos asaltan a todos de cuando éramos niños, se ven ya tan lejanos. Un saludo.
ResponderEliminarYo creo que ha cambiado para bien, pero de lo que no estoy tan seguro es de que seamos más felices.
EliminarUn saludo, Manuela.
Un mal día llego la tecnología a entorpecer a los seres humanos acabando con la ingenuidad, imaginación etc, se acabó la verdadera diversión.
ResponderEliminarUn abrazo Chema
Ahora nos lo dan todo hecho y, además de criarnos más tontos, no somos más felices.
EliminarUn abrazo, Malque.