Cita del día



CITA DEL DÍA: 460. “Concede a tu espíritu el hábito de la duda, y a tu corazón, el de la tolerancia” (Georg Christoph Lichtenberg).

Entrada antigua de la semana

ENTRADA ANTIGUA DE LA SEMANA: Natural de Burgos


miércoles, 25 de abril de 2018

Versos polisémicos (42)






Podrás vestirte de gala,
podrás con bastón andar,
pero te será imposible
como don Antonio hablar.

oOo

Conforme iba preparando
los filetes empanados
los ponía en una fuente.
Por eso estaban mojados.

oOo

En la cárcel de mi pueblo
hubo una fuga en enero
y saltaron por los aires
al encender un mechero.

oOo

Buscando la luz solar
accedió a la galería
e iluminando los cuadros
solo bombillas vería.

oOo

Creyó que había ganado,
porque un póquer le llegó.
Apostó dos mil cabezas
de ganado y las perdió.

oOo


Polisémicos (41)                                                                                                Página principal

sábado, 21 de abril de 2018

Versos polisémicos (41)






El controlador de entradas
la ficha se me ha comido
y se está pitorreando
contando veinte el jodido.

oOo

Porque cobre me sulfuro,
pues el dinero es de un pobre.
Otra cosa es covelita,
que es un sulfuro de cobre.

oOo

De mortadela un bocata
tiene un forense con hambre
y un fiambre disecciona
mientras se come el fiambre.

oOo

Con un martillo a su mesa
en el canto ha golpeado
y se le ha quedado el pobre
bastante desafinado.

oOo

La pintora, en aquél techo,
al fresco estaba pintando.
Cuando quiso darse cuenta
se le estaba propasando.

oOo


Polisémicos (40)                                    Página principal                                    Polisémicos (42)

martes, 17 de abril de 2018

El día señalado

REEDICIÓN (edición: 09/11/2015)






Había terminado por resignarse a ser entregada al hombre que otros habían elegido para ella. No sentía rencor alguno hacia quien al fin y al cabo también iba a cumplir órdenes. En ningún caso pretendía responsabilizarle de ser el impedimento para hacer realidad su sueño de casarse con el amor de su vida. La culpa era de quienes le mandaban. Como no podía suceder de otra manera, a un día tan señalado le había precedido una noche prácticamente en vela. Trató de mitigar con el maquillaje las secuelas del insomnio y el sufrimiento. Se había hecho recoger el pelo en un discreto moño, por considerar que era el peinado más adecuado para la ocasión. La austeridad, que siempre había realzado su elegancia natural, presidía su atuendo. Ninguna joya. Una voz le indicó que estaba llegando el coche de caballos que pasaba a recogerla. Su respuesta fue ponerse en pie sin decir palabra y dirigirse con paso firme al portón de salida. Con el morbo de quienes observan a una res camino del matadero, un montón de ojos se posaron en ella cuando apareció en el umbral. El trayecto lo pasó absorta en sus pensamientos, hasta que alguien le abrió la portezuela y le ayudó a bajar. A menos de veinte metros estaban las escaleras. Hasta llegar a ellas sintió un ligero temblor en las piernas. En lo alto lo vio a él por primera vez, esperándola inmóvil con la solemnidad de un verdugo. Cuando estuvieron frente a frente lo miró fijamente a los ojos. Notó que era incapaz de aguantarle la mirada, ni siquiera al amparo del pasamontañas que le cubría el rostro, antes de invitarle con un gesto a poner el cuello en el cepo de la guillotina.