Cita del día


CITA DEL DÍA: "Cuando pensamos que el día de mañana nunca llegará, ya se ha convertido en el ayer" (Henry Ford).

ENTRADA ANTIGUA DE LA SEMANA: El uso de la raya


lunes, 15 de octubre de 2018

Pedro Fanlo, alias "Ruja"

REEDICIÓN (edición: 03/06/2012)
 
 




Tuve el honor de conocer a Ruja y de escuchar de su voz alguna de las anécdotas que aquí se narran. También a Teresa, su mujer, a la que Dios concedió la virtud de la paciencia para convivir con una persona de su temperamento. Como homenaje a ellos quiero dedicar este relato a sus hijos (Graciela, Pedro y Marité), nietos (José Manuel, María Victoria, Fernando, Sonia, Rosa, Teresa, Patricia y Aznar) y biznietos (Víctor, Carlos, Manuel, Gabriela, Leire, Mario, Aurora, Carla y Gonzalo).

 

En un lugar de Los Monegros de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un guarda jurado de los vocacionales de su profesión, con chapa en bandolera, rifle colgado al hombro, boina ladeada, morral con bota de vino, cigarro en los labios, ceño fruncido, amor a los animales, recelo hacia las personas y elevado sentido de la justicia, la lealtad y el honor. Su nombre de pila era Pedro y su apellido Fanlo, pero todas  las gentes del lugar y alrededores le conocían por Ruja, apelativo con el que ha pasado a la historia de la comarca.

La figura de Ruja formaba parte de este paisaje
(Foto José Ramón Blasco)
Es pues de saber que nuestro protagonista, durante su infancia y adolescencia, se dio a leer libros de aventuras y novelas del Oeste, con tanta afición y gusto que olvidó casi de todo punto los juegos habituales de su edad y la relación con sus compañeros de escuela. Su vivienda, aislada en  medio del monte, primero como hijo de quien también fue guarda y después ejerciendo dicho oficio, tampoco favoreció en demasía el desarrollo de la sociabilidad que parece inherente a la condición humana.

Por su carácter arisco no necesitó demasiado esfuerzo para ganarse el respeto que su profesión  requería. Sin  embargo fueron sus valerosas intervenciones en acciones puntuales las que le fueron elevando poco a poco a la categoría de mito. Como  aquél  altercado en el que cuchillo en mano hizo huir a los componentes de una tartana de gitanos, pudiendo haber perdido la vida y estando a punto de hacérsela perder al que salió sigilosamente del grupo para atacarle por la espalda con una hoz.

Torrollón ubicado en el que fue su territorio
(Foto ocminter)
Sólo algún cazador furtivo despistado osaba poner los pies en su jurisdicción. O alguien que, por considerarse fuerza viva del lugar, pensaba que su presencia iba a ser merecedora de la vista gorda. Así le sucedió a un tal mosen  Andrés, que a pesar de su condición sacerdotal fue encañonado por el rifle de Ruja a la voz de “¡Manos arriba!”.
— ¿No  me  conoces, Pedro, hijo mío?
— ¡En primer lugar no soy hijo suyo y en segundo he dicho que las manos arriba!

Su relación con la religión era la mínima imprescindible. Para casarse con Teresa (santa esposa donde las haya) y para bautizar a sus hijos Graciela, Pedro y Marité. Los domingos solía acompañar a las mujeres de su casa a la iglesia y se marchaba de recados, hasta que calculaba que había terminado la misa. Parece ser que un día el sacerdote se extendió  en  la homilía y tuvo que esperar más de la cuenta. A la salida las recibió con moderadas manifestaciones sobre la institución, sus miembros y sus actos:
— ¡Me jodo en la Iglesia, me  jodo  en los curas, me jodo  en las misas y me jodo en los sermones!
Su hija Marité (tenía que llevar sus genes) fue la única persona que se atrevió a plantarle cara, en  esta  situación y en otras varias de la vida en las que fue necesario hacerlo:
— ¿Sabe lo que le digo? ¡Que yo me jodo en usted, padre!

Posando orgulloso con sus hijos Pedro y Marité.
Al igual que los manantiales ocultos en las entrañas del agreste paisaje monegrino son detectados por las varas cruzadas del zahorí, la sensibilidad escondida tras la coraza de hombre duro de nuestro ilustre personaje podía ser puesta en evidencia por un buen ambiente en torno a un guiso de conejo, con la bota de vino dando vueltas entre los comensales. Entonces afloraba el verbo fácil de un ameno narrador de sus vivencias, aderezadas frecuentemente con un especial sentido del humor. Como aquella vez en que tuvo que ponerse delante de un juez y fue presionado por el fiscal, para que hiciera extensiva la responsabilidad del suceso juzgado a la persona para la que trabajaba:
—Veo que quiere asumir personalmente toda la culpa, para congraciarse con quien le da de comer todos los días.
—A mí no tiene que darme de comer nadie, porque ya hace muchos años que me enseñó mi madre a hacerlo solo.

Una de sus debilidades fue su hija Marité.
Era en esas comidas cuando se ponía de manifiesto el poso de lo mucho que había leído. Además de las novelas de vaqueros, que tanto le habían marcado, conocía profundamente la obra de Emilio Salgari. Y cuando pensabas que sus lecturas no habrían pasado de ese tipo de literatura, te dejaba de una pieza al comentar con la mayor naturalidad que el libro que más le había impresionado era Los Miserables de Víctor Hugo.

Por aquellos pueblos no era el coco el que amedrentaba a los niños, sino la amenaza de llamar a Ruja. Ese variopinto personaje capaz de coger la moto a continuación de que una bala rebotada le hubiese vaciado la cuenca de un ojo, para presentarse en casa del propietario de la finca tras unas gafas de sol y decirle con tranquilidad: “He tenido un pequeño accidente”. El mismo que, conociendo desde su nacimiento a las hijas de éste, cuando se las encontraba con alguien que no consideraba allegado a la familia les apeaba el tuteo y las trataba de señoritas.

Nunca fue excesivamente dado a las manifestaciones de afecto, pero supo dejar como herencia a sus seres más queridos una entrañable muestra de su sensibilidad. A los pocos días de morir descubrió su familia en un almacén, al que sólo él tenía acceso, unas cuantas cajas de cartón. Cada una de ellas llevaba escrito con primorosa caligrafía el nombre de uno de sus nietos. Dentro de las mismas había una cuidadosa selección de libros, de acuerdo con la edad y gustos de sus destinatarios.

 

miércoles, 10 de octubre de 2018

Las vacaciones de mi infancia

REEDICIÓN (edición: 19/09/2012)




Foto de Johannes




Este relato lo he escrito para responder a la invitación del amigo Nergal, cuyo blog es El cajón de Pandoro. Simplemente hay que publicar una entrada sobre las vacaciones. Yo, como se puede elegir, me he decantado por aquéllas que me traen mejores recuerdos. 




Ni playas caribeñas, ni montañas exóticas, ni hoteles paradisíacos, ni carismáticas ciudades, ni safaris fotográficos, ni cruceros por el mundo mundial. Mis mejores vacaciones fueron las de mi infancia, en una casa agrícola en medio de Los Monegros, con mis seis hermanos, tres primos y amigos que iban y venían.  También estaban las personas mayores, claro.

Después de nueve meses en colegio de curas, con dedicación y disciplina de las de antes, te habías hecho devoto de San Luis Gonzaga. Solía ser sobre su fecha, el 21 de junio, cuando empezaban las añoradas vacaciones de verano. El día 22  se nos antojaba demasiado tarde para salir de estampida hacia la libertad. Mi padre tampoco se hacía el remolón para venir a buscarnos, porque como durante el resto del año tenía que aprovechar los fines de semana para venir a vernos (los niños estábamos en Zaragoza, con mi madre y Pilarín, por los estudios) quería aprovechar para disfrutar (es un decir) de la familia a tiempo completo esos tres meses largos (hasta primeros de octubre).

Las carreteras y los coches de entonces convertían los ciento siete kilómetros que nos separaban del destino en la primera aventura del verano. Entre el  anciano Peugeot gris descatalogado (matrícula Z-9753) y el verde Seat Seiscientos (Z-24673), en el que mis padres llegaron a meterse con once niños (entonces no paraba la benemérita por esos motivos) estaba el vehículo destinado a llevarla a buen término.

Recuerdo el sabor de la biodramina, que me daba mi madre por ser proclive a los mareos. Producía el efecto contrario al deseado, porque lo relacionaba con los mismos y me garantizaba las nauseas antes de subir al coche. Nos hicimos auténticos especialistas, primero en caber y luego en colocarnos de la forma más cómoda posible. Sin embargo era raro que no hubiera que interrumpir el viaje en un par de ocasiones, para solventar asuntos personales (pises, mareos o piernas dormidas) o técnicos (pinchazo o calentón del agua del radiador). Cada uno de los pueblos por los que pasábamos (Villanueva de Gállego, Zuera, Almudévar, Tardienta, Almuniente…) daba nombre a los capítulos del viaje y rienda suelta a las preguntas sobre el tiempo o el espacio que faltaba. El último (Grañén) era la referencia de que nos encontrábamos a doce kilómetros de la añorada meta. Recién pasada la estación de Poleñino se divisaban ya los dos árboles que custodiaban la entrada a los seiscientos metros del camino de las moreras, que daba definitivo acceso a los edificios.

Los abuelos se habían adelantado o estaban a punto de llegar, lo mismo que los tíos y primos. Los que por vivir allí todo el año siempre se encontraban para recibirnos eran Paco y Atina, los encargados, demasiado jóvenes para ser nuestros terceros abuelos pero con todos los derechos adquiridos desde un punto de vista afectivo. Su hija Pilarín, a la que he nombrado antes, vivió con nosotros hasta que se casó. Fue nuestra segunda madre. Con cualquiera de ellos, o con los tres, podría hacerse la más entrañable de las entradas.

Nuestra primera actividad consistía en fabricar un lugar donde reunirnos la gente menuda. Bajo las severas instrucciones de nuestro hermano mayor y líder (además de alguna que otra hostia, que enseguida obviabas para no caer en la vergüenza de ser expulsado de la banda) fuimos mejorando con los años en espacio, solidez e impermeabilidad. El paso del Paleosáquico (antigua construcción con saco) al Neopájico (nueva construcción con pacas de paja) resultó definitivo. En esas barracas, evidentemente con acceso vedado a los mayores, se fraguaban todas nuestras fechorías.

Eran tiempos en los que la austeridad formaba parte de la educación, independientemente de la situación económica de cada familia. Te creabas muchos más juguetes de los que te regalaban. Primaba la imaginación sobre la evidencia. ¿Para qué necesitabas algo con forma de caballo pudiendo galopar con una caña entre las piernas?

No se compraban cosas para adaptarlas a las supuestas necesidades de las personas, sino que las necesidades de las personas se adaptaban a las cosas que había. La bicicleta era un modesto vehículo, pero un juguete de lujo. El problema no era que no te la cambiaran por otra cuando crecías, sino simplemente que no tenías. En nuestro caso había dos, heredadas de la generación anterior, para los diez primos. En unos Reyes se incorporó una tercera a la cuadra, que nos hizo los seres más felices. Por supuesto era de tamaño grande, como las otras, porque en caso contrario a los mayores no les hubiera servido cuando se les hubiese quedado pequeña, mientras que de esta forma los pequeños podían pedalear de pie hasta que les llegara el culo al asiento.

Un día que les contábamos a mis sobrinos que el 10 de agosto mi abuela nos dejaba tomar una coca-cola para celebrar el día de San Lorenzo, patrón de Huesca, se quedaron callados esperando la explicación de dónde estaba la gracia. Tuvimos que aclararles que entonces esas cosas estaban en casa para las visitas y las personas mayores. La bebida de los niños era el agua (por supuesto del grifo o del pozo) y, de vez en cuando, aquéllas gaseosas que te fabricabas mezclando el contenido de un sobre amarillo con el de otro blanco. A primeros de mes ya estabas dándole vueltas a la decisión de si ese año te ibas a decantar por la coca-cola o por el kas de naranja. Y disfrutando como un enano de esos momentos, que entonces todavía no se habían inventado los traumas infantiles.

Teníamos piscina y bien grande por cierto. ¿Qué es eso de la depuradora y los tratamientos del agua? Hubieran  matado a las ranas y culebras, no seas burro.

Dos de aquellos veranos estuvieron presididos por sendos regalos antológicos. El primero fue de nuestro abuelo. Un coqueto carro pintado de rojo, en el que enganchábamos a la burra Platera, se convirtió en nuestro vehículo de excursiones y aventuras. El segundo, cuando éramos un poco más talluditos, de nuestro padre. Con una moto vieja, las ruedas de una vespa, un poco de imaginación y la eficaz colaboración técnica y mano de obra de los hijos del herrero de Poleñino (el tiempo demostró lo que valían esos chavales) nos hizo un kart, con el que aprendimos a conducir y pasamos momentos inolvidables.

La televisión era ese aparato nuevo que había comprado el abuelo y que veían los mayores. A los pequeños solo nos apetecía por la noche, cuando ya no se podía estar por la calle, pero entonces tenías que marcharte a la cama o salían los putos rombos. Dichosos rombos. No creo que los pusieran por el  destape, porque por aquél entonces cuando a una mujer se le ocurría enseñar en su escote el principio del canalillo, le plantificaban una gasa para que no se excitara el personal. Y eso hubiera sido además por los mayores, porque a nuestras edades entendías un poco de culos, pero a las tetas todavía no les habías encontrado otra gracia que la de dar de mamar a los críos.

Mi hermana la mayor siempre dice que a su hija apenas le contó cuentos, porque cuando empezaba con Caperucita y el lobo le decía que le gustaban más sus relatos de lo que hacíamos cuando éramos pequeños.