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CITA DEL DÍA: «La política es el arte de servirse de los hombres haciéndoles creer que se les sirve a ellos» (Louis Dumur).-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Hoy se cumple un decenio de que apareciera en la red la primera entrada (Presentación en sociedad) de este blog. En él me atreví a publicar 400 palabras de un diccionario que tenía abandonado en un cajón por más de 25 años. Gracias a vuestros generosos comentarios me animé a reinventar 800 más, hasta poder ver cumplido el viejo sueño de verlas publicadas en un libro: Diccionario en tono de humor.
Como celebración del décimo aniversario de la Bitácora de Macondo, estoy preparando la edición de otro libro que lleve su nombre como título y recoja entradas de la misma. Llevo dos años remoloneando por culpa del bicho, pero tendría que ponerse muy borde para que a finales de 2022 no viera la luz. Lo antepondré al Refranuevo (refranero nuevo), también publicado aquí y que hasta hace poco tiempo llevaba la idea de que fuera por delante.
No puedo presumir —ni era mi objetivo— de llevar unos números fastuosos, pero de lo que sí puedo chulearme y me chuleo es de tener los mejores seguidores. Sin vosotros —los antiguos, los recientes, los que os habéis marchado, los que seguís al pie del cañón— nada de esto hubiera sido posible. Muchísimas gracias por estar o haber estado ahí.
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En este microrrelato mi aportación literaria es prácticamente nula, porque he cometido la osadía de aprovecharme casi íntegramente del inicio de Cien años de soledad para, haciendo unos retoques, incorporar al texto a nuestro ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, creando un nuevo personaje que lleva su apellido (Quijano) y el nombre del auténtico protagonista de Gabriel García Márquez (Aureliano Buendía).
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el hidalgo coronel Aureliano Quijano había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Aquel lugar de cuyo nombre el ilustre escritor no quiso acordarse, era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava, construidas a la orilla de un afluente del río Guadiana. El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de denominación, y para mencionar a los molinos de viento se les llamaba gigantes. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea y daba a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Aureliano Quijano pensó que era posible servirse de aquella invención inútil para desentrañar el oro de la tierra, así que cambió su mulo y una partida de chivos por dos lingotes imantados. Durante varios meses se empeñó en demostrar el acierto de sus conjeturas, pero lo único que logró desenterrar fue una armadura del siglo XV con todas sus partes soldadas por un cascote de óxido. Cuando él y los cuatro hombres de su expedición lograron desarticularla, encontraron dentro un esqueleto calcificado que llevaba colgado en el cuello un relicario de cobre con el rizo de una mujer del Toboso.