Cita del día

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CITA DEL DÍA: «Los políticos y los pañales se han de cambiar a menudo… y por los mismos motivos» (Sir George Bernard Shaw).

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miércoles, 20 de enero de 2021

Mi sobrino Gonzalo (7 de 9)

REEDICIÓN (edición: 07/02/2015)





Se empeñaron sus padres en inculcarle unos principios y le truncaron una brillante carrera en la mafia o en la política.

Mi sobrino Gonzalo es, por encima de todas las cosas, listo. Desde pequeño le gustó jugar a los negocios y podías darte por jodido si te cruzabas en su camino. Contaba con la agudeza de los buenos trapicheadores, la suerte de los triunfadores y la ventaja de que por aquél entonces no matizaba demasiado la diferencia entre lo que estaba bien y lo que estaba mal. Ponía en práctica sin conocerla la maquiavélica frase de que "el fin justifica los medios", sin aparentes escrúpulos morales que le estorbasen.

Contó desde el principio para curtirse con la eficaz colaboración de sus dos hermanos mayores, que lo puteaban tanto como lo querían. Aún no había abierto la boca y ya se le estaban descojonando. Aún no había metido la pata y ya se estaba llevando un revolcón. Pero en ningún momento se dejaba comer el terreno, a pesar de que a esas edades unos pocos años suponen una diferencia abismal. Debía andar por los cinco cuando, como en su clase del colegio todavía no habían formado equipo, jugaba al fútbol en el de su hermano Jaime, tres mayor que él. Podría fallarle todavía la técnica, pero como tenía más pelotas que ninguno no desentonaba.

Es uno de mis tres ahijados. Actualmente tiene 17 años. Además de guapo, alto y bien plantado, es una persona de bien. Pronto empezará la carrera. Como sigue siendo igual de listo que siempre terminará triunfando, aunque le costará más tiempo y esfuerzo por la gracia de sus padres de imbuirle unos principios.


 
Diego (6)                                                  Página principal                                                  Antonio (8)

miércoles, 13 de enero de 2021

Por culpa de un sueño cumplido

  

ENLACE


La realidad me ha robado la imaginación. He pasado de escuchar a simplemente oír. Me han abandonado las musas. El prestigioso compositor que fui se ha convertido en un hombre vulgar.

Me enamoré de una voz y fui feliz durante mucho tiempo con ella, hasta descubrir que le había puesto una cara y un cuerpo que no le correspondían. Hace unos días firmamos la separación.

Vine a ponerme en sus manos para que al ciego de nacimiento que yo era le hiciera realidad el sueño de poder ver. Ahora regreso para que me devuelva mi  supuesta oscuridad.

 

jueves, 7 de enero de 2021

Mi sobrino Diego (6 de 9)

REEDICIÓN (edición: 25/09/2014)
 
 




Tiene que agacharse para darme un beso desde su metro noventa largo de estatura. Ha cumplido dieciocho años, pero yo sigo viendo en él al niño que con andares aún tambaleantes salía a recibirme cuando llegaba a casa del trabajo. A esos tiernos bracicos que se agarraban a mi cuello con todas sus fuerzas. A ese morrete flojo que me llenaba la cara de babas. A esos ojazos vivarachos que todo lo preguntaban. A esa perenne sonrisa, con dos dientecillos, que conquistó para siempre el corazón de su tío.

Se convirtió en el principal destinatario de mis enfoques, en esos momentos en que los niños todavía no tienen malicia para relacionar el objetivo de la cámara con la foto. Sin embargo en todas las del bautizo aparece dedicándome la mejor de sus sonrisas, incluso en aquella en que el cura está echándole el agua por la cabeza. Luego vinieron otras muchas, de las que salió uno de los regalos que con más ilusión he hecho en mi vida. Me costó decidir en cuáles estaba más guapo, para ponerlas en uno de esos marcos multifotos con que quise obsequiar a su madre —mi hermana la pequeña— en aquellos Reyes. Aún está presidiendo una de las paredes del salón de su casa. Todavía me recreo mirándolo cada vez que voy.

Como pensaba que no se acordaría, porque era muy pequeño, me hizo mucha ilusión cuando hace unos meses me lo recordó. Utilizábamos una cama a modo de barco de pescadores, desde la que echábamos unas cuerdas a modo de redes, que misteriosamente aparecían cargadas de gominolas a modo de peces. Su sonrisa al verlas aparecer no tenía precio. Casi siempre se olvidaba de que estábamos en medio del mar e iba a ofrecerle unas cuantas a su abuela, mi madre. Cuando regresaba montábamos un camarote con un paraguas abierto y una manta por encima, donde reponíamos fuerzas para la siguiente jornada.

Como nos ha salido un habilidoso percusionista, a los doce años entró a formar parte de un grupo infantil como batería. Ni que decir tiene que el orgulloso tito se apuntó a ser el fotógrafo oficial. Luego pasó a uno de mayores, en el que seguimos formando equipo mientras los estudios nos lo permitan.

A pesar de los actuales planes de enseñanza, sus maestros supieron inculcarle la preocupación por la ortografía y potenciarle sus facultades para la redacción. Desde niño me sorprendió por los berenjenales literarios en que se metía y su capacidad para salir mucho más que airoso de los mismos. Hace unos años entró a colaborar, con su trabajo e ideas, en una revista literaria de la red. Pronto empezará su carrera de Comunicación Audiovisual.

Es mi sobrino Diego. La unidad por la que multiplico cuando quiero hacerme una idea de lo que puede llegar a sentir un padre por un hijo.



Jaime (5)                                                  Página principal                                                 Gonzalo (7)

domingo, 20 de diciembre de 2020

Mis mejores deseos

 


Si este cabrón de virus se ha creído

que nos tiene cogidos por los huevos

y que va a confundir nuestros deseos,

conmigo puede darse por jodido.

 

Cuando este año tan borde se haya ido

la vacuna vendrá con aires nuevos,

restituyendo a todos mis blogueros

sueños de los que habían prescindido.

 

Aunque está siendo dura la carrera,

se volverá a poder lo que se  pudo

y todo volverá a ser como  era.

 

Así  lo quiere este maño  tozudo,

que unas felices  Fiestas  os desea

y un 2021 cojonudo. 


 

lunes, 14 de diciembre de 2020

Mi sobrino Jaime (5 de 9)

REEDICIÓN (edición: 21/06/2014)

 


Se lo das todo lo desordenado que quieras y en  medio
 minuto te lo devuelve con un color en cada cara.




Cuando nació le dijeron a su madre: "Ha tenido usted un armario ropero". Siempre apuntó maneras de lo que ha terminado convirtiéndose en metro ochenta y tantos de fornido chicarrón. Venía así de fábrica. No necesita pasar por el gimnasio para estar cuadrado y duro como una piedra.

Defensa central leñero, como no podía ser de otra forma. Tan fuerte como buena persona. Si puede servirte de ayuda en algo lo intuye, se te ofrece y le quita importancia, para que no tengas que agradecérselo. 

En la familia de su madre se empeñaron en preocuparse por él, seguramente porque el chaval había salido a la nuestra. No sé si llegaron a consultar al psicólogo, pero me figuro una conversación similar a ésta:
—Estoy preocupada por mi hijo el segundo.
—¿Tiene algún problema?
—Es raro.
—¿Pero qué tipo de rareza? ¿Es extremadamente feo?
—Qué va, si es guapísimo. Está mal que yo lo diga, pero todo el mundo lo comenta.
—¿Enclenque? ¿Se aprovechan de su debilidad los más fuertes?
—No hombre, no. Si es el más fuerte de la clase. Sus compañeros acuden a él cuando necesitan protección.
—¿Demasiado agresivo entonces?
—Tampoco. Si tiene que pegarse con alguien se pega, pero nunca empieza las peleas. Además no tiene demasiadas, porque habitualmente los que han reñido con él no quieren repetir.
—Ya veo que el problema está en los estudios. ¿Saca malas notas?
—Vuelve a fallarle el olfato. Es de los primeros de la clase. 
—¿Entonces es que tiene algún problema de adaptación?
—Ahí ya le veo más centrado. Es tímido.
—¿Pero cómo de tímido? ¿Le cuesta relacionarse? ¿No tiene amigos?
—No es eso. Lo cierto es que se lo rifan los chicos de su clase. Todos quieren ser sus amigos. Tengo un presupuesto con él en regalos de cumpleaños.
—Creo que más que un problema tiene usted un mirlo blanco. Si yo tuviera una hija de su edad le tirábamos los tejos. Me rindo. ¿Cuál es en realidad el motivo de su preocupación?
—Que no le gusta bailar.

Los varones de mi familia no bailamos. Y no es porque tengamos un acusado sentido del ridículo —que también—, sino porque resulta grotesco. Para qué vamos a engañarnos. Muchas personas han querido redimirnos de nuestra timidez, mostrándonos la soltura con que ellas se contorsionaban y preguntándonos si las encontrábamos ridículas. Como también somos educados, nunca les hemos respondido.

Soy consciente de que alguno de mis lectores más raros no estará de acuerdo con mi opinión sobre el baile, pero en lo que sí coincidiremos es en que no debe ser motivo de grave preocupación el hecho de que a un niño no le guste practicarlo. Sobre todo si ese rechazo lo lleva en los genes paternos.

Un error que podías cometer con mi sobrino de crío era considerarlo autosuficiente, debido a su fortaleza física. Siempre fue un niño muy sensible, que necesitaba sentirse querido. Mi madre —nadie mejor que la abuela para captar esos detalles— nos lo decía con frecuencia. Aunque realmente no era necesario, porque Jaime siempre se ha hecho querer. Adorar. Todavía, a sus ya cumplidos veinte años y con sus largos ciento ochenta centímetros de morlaco, el mero hecho de pronunciar su nombre sigue despertando en todos los miembros de mi familia una tierna sonrisa de simpatía y cariño.


 
Guillermo (4)                                                Página principal                                                Diego (6)

lunes, 7 de diciembre de 2020

Mi sobrino Guillermo (4 de 9)

REEDICIÓN (edición: 13/05/2014)
 
 





Mi hermano el sexto es el guapo oficial de los siete. Se casó con una guapa y tuvieron tres guapicos varones. Dicho así puede sonar a retintín, pero nada más lejos de la realidad. No es la belleza la característica más destacada de ninguno de los cinco. Simplemente estaba presumiendo de hermano, de cuñada y de sobrinos guapos.

Guillermo es el primero de los tres hijos. Plenamente consciente de la importancia que tiene el mayor en la educación de los hermanos más pequeños, siempre ha asumido su papel con una responsabilidad encomiable. No los deja vivir desde que abren los ojos al despertarse hasta que los cierran para dormirse. Les toma el pelo, se les ríe, les arrea, les insulta... Lo que se dice un chollo para unos padres que se han encontrado con el trabajo hecho. Apenas han tenido que dedicar tiempo para imbuir a sus dos hijos menores que a este mundo se ha venido a luchar.

Quizá resulte una obviedad si digo que pocas veces he visto que alguien quiera tanto a sus hermanos como Guille a los suyos. Una cosa es que él los putee con el derecho —incluso la obligación— que le confiere su condición de mayor y otra muy distinta que nadie ose meterse con ellos, si no quiere vérselas tiesas con él. 

Hubo dos cosas que me llamaron la atención desde su más tierna infancia: su agudeza y sus facultades físicas. Son muchos los recuerdos. Tendría dos años recién cumplidos aquellas Navidades en las que su abuelo materno, con toda la ilusión, se disfrazó de Papá Noel para darle unos juguetes:
—¿Has visto a Papá Noel, hijo mío?
—Sí, belo (abuelo) —respondió el cabrón del crío.

Sobre sus facultades físicas y coordinación de movimientos, nunca olvidaré su imagen encima de aquél triciclo. La primera vez que lo vi estuve al borde del infarto. Como todavía no llegaba a darle a los pedales, se impulsaba con las puntas de los pies en el suelo y cogía una velocidad increíble. Cuando me di cuenta de que se acercaba a la pared de enfrente sin tiempo para frenar, me levanté sobresaltado a recoger lo que quedara de él al estamparse contra ella. Con un golpe de cadera giró noventa grados y enfiló el siguiente tramo del pasillo como si tal cosa. Mi hermano, que estaba acostumbrado a verlo, se descojonaba de mi cara de susto.

Es una lástima que se haya echado novia tan joven. Y no porque la chica no merezca la pena —que es un encanto—, sino por lo que podría ligar. Con su palmito, esa mano izquierda que tan bien maneja y su cara de pena, podría ser el rey del mambo. Los hombres con cara de pena despiertan mucha ternura en las mujeres. Que se lo digan a su abuela —mi madre—, que está todo el día desviviéndose en darle caprichos para ver si se la alegra. 

Ese es Guille. Para mí El Súper. Le llamo así con frecuencia desde niño. Desde que le cantara "Superguilly, Superguilly" al ritmo de campeones y él me respondiera, con su lengua todavía de trapo, "Oe, oe, oe".
 


Paula (3)                                                   Página principal                                                    Jaime (5)