REEDICIÓN (edición: 16/06/2013)
Estaba la mamá pata
que en su gozo no cabía
viendo a sus nuevos patitos
que del cascarón salían.
Los alazos y ovaciones
que orgullosa recibía
tornáronse en
pitorreo
cuando
el último nacía,
al
comprobar que a los otros
en poco se parecía
y por no hablar cuatellano
algo extranjero decía
con una voz atiplada
por la que se ganaría
el mote de paticona
en
toda la galería.
"No
te apures, hijo mío,
que
aquí hay mucha tontería.
Te amo
como a tus hermanos,
y más
lo haré todavía
si el
día en que se celebre
vuestro
bautismo en la ría
eres
capaz de mostrarnos,
nadando,
tu patería".
El tiempo fue transcurriendo
y esa fecha llegaría
en que el primer capucete
en la charca se darían.
Mientras los demás, ansiosos,
esperaban
la salida
para meterse en el agua
rebosantes de alegría,
nuestro pequeño patito
su hidrofobia descubría
con una infinita angustia
que moverse le impedía.
La mirada de su madre
tanta presión transmitía
que por no decepcionarla
se arrojó con osadía.
A la mañana siguiente
alguien se preguntaría:
"¿Qué
hace un pollo de gallina
ahogado junto a la orilla?".
Amores mal entendidos.
Exigencia desmedida.
Xenófoba intransigencia,
que ha sentenciado otra vida.






