Cita del día

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CITA DEL DÍA: «El talento se educa en la calma y el carácter en la tempestad» (Goethe).

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sábado, 24 de octubre de 2020

El dragón de Wawel (cuento)

REEDICIÓN (edición: 01/07/2017)

 

El dragón de Wawel


ANTIGUA LEYENDA POLACA SOMERAMENTE PUNTUALIZADA


Cuenta la leyenda polaca que hace muchísimos años, en las tierras gobernadas por el príncipe Krakus, empezaron a desaparecer personas y animales. Anduvieron desconcertados hasta descubrir que el culpable era un enorme dragón, que se había instalado en una cueva. Tras intentar infructuosamente plantarle cara con el ejército, el príncipe ofreció la mano de su hija a aquel que fuera capaz de vencer al monstruo. Un valeroso y listo zapatero dejó por la noche en la puerta de la cueva una piel de borrego, que previamente había rellenado con azufre y alquitrán. Cuando el gigante se despertó a la mañana siguiente, engulló el cebo para desayunar. A continuación tuvo que ir al Vístula a saciar su sed y, al entrar el agua en contacto con lo que había comido, le estallaron las tripas.

Dice la leyenda que a partir de ese día volvió la tranquilidad a aquel lugar, el zapatero dejo la zapatería para casarse con la princesa y los habitantes vivieron felices. Descalzos, pero felices.



sábado, 17 de octubre de 2020

Las tres cabras (cuento)

REEDICIÓN (edición: 06/06/2017)




CUENTO CLÁSICO REINVENTADO 


Dicen todas las versiones que he leído de este cuento noruego que las tres cabras eran machos, no sé si por su condición de cabrones como calificativo (que más tarde descubriremos) o por el sexismo imperante en todos los cuentos de la época (para que luego digan del liberalismo escandinavo), en los que las féminas no podían ser más que objetos pasivos de las intervenciones de los machitos. En todas partes cuecen habas.

El caso es que los machos cabríos en cuestión eran abuelo, padre y nieto. Un día, cuando se despertaron, observaron que no quedaba una sola brizna de hierba en los prados donde pastaban habitualmente. El abuelo consideró que no quedaba más remedio que ir a buscarla a las colinas, donde sabía que había pasto en abundancia. Para ello tenían que pasar un puente de piedra que cruzaba el río. Cuando lo alcanzaron el cabrito pequeño, con la intrepidez propia de la edad, se precipitó a atravesarlo el primero. Con lo que no contaba era con que al otro lado había un monstruo maligno, que pretendió comérselo. Como pudo le convenció de que con él no tenía suficiente para saciar su apetito, pero si tenía un poco de paciencia llegaría su padre que era mucho más grande. El ogro aguardó y cuando apareció el segundo, este utilizó el mismo argumento para escurrir el bulto y desviar el asunto hasta la llegada del tercero. El abuelo no tuvo otro remedió que hacer frente al ogro por la fuerza y tirarlo al río, donde murió ahogado.

Termina el cuento diciendo que al reencontrarse los tres se abrazaron, porque se habían salvado gracias al ingenio del nieto y del padre, a la fortaleza e inteligencia del abuelo y a la complicidad existente entre ellos.

El final resulta hasta cursi visto desde lugares como el nuestro, en que los abuelos cabríos y las personas no somos tan civilizados. Con un nieto tan malnacido y un hijo tan cabrón lo normal por aquí hubiera sido tirarlos también por el puente y, si no tenía otra familia mejor que le esperara en casa, haber seguido solo su camino hacia las colinas y haberse buscado una cabra de buen ver para probar mejor fortuna con una nueva vida.


viernes, 9 de octubre de 2020

La serpiente cuadrada (cuento)

REEDICIÓN (edición: 27/06/2017)

 

La serpiente cuadrada


CUENTO POPULAR VIETMANITA SOMERAMENTE RETOCADO


Había una vez un mentiroso compulsivo, de los muchos que pueblan la faz de la tierra. Como habitualmente era objeto de burlas se esforzaba por corregir su defecto, pero siempre terminaba cayendo en inventar sucesos de lo más retorcidos e increíbles.

Un día, al volver a casa, le espetó a su esposa:
—Te parecerá mentira, pero acabo de ver en el bosque una serpiente que por lo menos medía cien metros de larga y cuarenta de ancha.
—Mira que eres exagerado —le respondió la mujer—. Sabes que eso es imposible.
—Quizá fueran ochenta metros de larga y cuarenta de ancha.
—Sigue siendo una barbaridad.
—¿Te creerías sesenta por cuarenta?
—Tampoco.
—Cuarenta por cuarenta y de ahí no bajo ni un centímetro.
—Además de su desmesurado tamaño resulta que era cuadrada —se le pitorreó la parienta.

Avergonzado por el ridículo que había hecho se comprometió  una vez más a dejar de mentir, aunque tuvo poco tiempo para poner a prueba la firmeza de su propósito. A la mañana siguiente volvió a pasar por el bosque, con tan mala suerte que la enorme serpiente cuadrada estaba hambrienta y se lo comió.


miércoles, 30 de septiembre de 2020

La princesa y el guisante (cuento)

REEDICIÓN (edición: 01/06/2017)




CUENTO CLÁSICO REINVENTADO


Narra Hans Christian Andersen el cuento de aquel apuesto príncipe que estaba a punto de quedarse soltero, porque entre las mujeres de su reino no había ninguna de sangre azul para colmar sus aspiraciones. En una noche de tormenta apareció en palacio pidiendo cobijo la que manifestó ser princesa de un reino vecino, la cual había sido sorprendida por la lluvia. Nuestro héroe quedó prendado de su belleza, pero no se atrevía a enamorarse de ella antes de comprobar si su procedencia era la que decía. Su reina madre puso a prueba la veracidad del pedigrí de la chica, colocándole debajo de los colchones de la cama un guisante. Al parecer solo una verdadera princesa tiene la sensibilidad suficiente para notarlo. Como a la mañana siguiente se levantó hecha unos zorros y llena de cardenales, los reyes dieron luz verde a la relación. Unos meses después contrajeron matrimonio.

Investigando tras los colorines colorados de los cuentos, se ha descubierto que el vivieron felices y comieron perdices del que nos ocupa solo duró hasta que resultaron innegables las carencias intelectuales del precioso niño rubio que tuvieron los príncipes. El generoso pueblo aceptó como buena la versión oficial de que todo había sido como consecuencia de un guisante que le había caído en la cabeza, pero todo el mundo pensaba que de los genes de una madre tan tiquismiquis y un padre tan gilipollas no se podía esperar otra cosa.


domingo, 20 de septiembre de 2020

Enteras verdades a medias

 


Pensaba escribir un relato para participar en los Microrretos de El  Tintero de Oro, pero me he ido tanto del argumento ofrecido por el generador que ha terminado por no tener nada que ver con él. No he querido retocarlo, porque el  resultado hubiese salido forzado. En consecuencia, por respeto a quienes se han currado amoldarse al planteamiento del reto, he pensado que lo mejor es publicarlo al margen de la  participación en el mismo.

 NOTA:

Informado  por David Rubio de que este relato encaja perfectamente en  las normas que él mismo  estableció  y animado también por otros compañeros,  he  decidido no ser más papista que el  Papa y solicitar que sea incluído en los Microrretos.

El argumento  del  generador en el que me inspiré fue el siguiente: Una joyera que no tiene capacidad para distinguir hombres de mujeres y un cómico sin éxito que se alimenta solo de comida rápida, investigarán la desaparición de una bailarina de un club de adultos, pero la madame de un burdel se cruzará en sus caminos, en una historia trepidante que habla sobre el rencor y la enfermedad.

 

 

Corrían aquellos tiempos en los que objetos y humanos se relacionaban de tú a tú sin problemas, independientemente de qué cosa o quién fuera cada uno.

Cuando decidieron que había llegado el momento de ponerse las caras, tras estar más de un año chateando todas las noches, Javier propuso que sería conveniente dedicar una sesión a convertir en enteras las verdades a medias que ambos se hubiesen  contado. Algo  así como una confesión, con  el compromiso de absolución por la otra parte. Susana iba a salir por fin de dudas sobre si su profesión de joyero era real o se la había inventado para competir con su indiscreción, puesto que le había dicho que su vida estaba estrechamente vinculada al dinero. Lo que sí consideraría imperdonable sería que le confirmara su sospecha  de que le había engañado también  en su sexo.

El resultado fue que la mentira de ambos coincidió en haber querido humanizar su condición de objetos. Javier era un coqueto joyero de piel donde guardaba sus joyas personales la acaudalada mujer propietaria de Susana, robusta caja fuerte encargada de custodiar su dinero negro pendiente de blanqueo. Él siempre dentro del armario y ella oculta detrás de un cuadro, desconocían lo  relacionados que estaban y lo  cerca que vivían  el uno  del otro.

 

domingo, 13 de septiembre de 2020

La bobina maravillosa (cuento)

REEDICIÓN (edición 28/05/2017)
 



CUENTO CLÁSICO REINVENTADO


Había una vez un padre con tres hijos varones. El mayor nunca le creó problemas, porque era muy estudioso y trabajador. Cuando terminó la  carrera encontró un magnífico trabajo. Sus jefes estaban encantados con él y, en poco tiempo, lo ascendieron a uno de los puestos de más responsabilidad y mejor remunerados de la empresa. Al mediano nunca le gustaron los estudios, pero en cuanto pudo  los abandonó para montar un negocio, que hizo prosperar con su aptitud, trabajo y tesón. Al pequeño, sin embargo, no le gustaba  ni estudiar ni trabajar. Además de no hacer nada de provecho, se pasaba el día refunfuñando. Así iba malgastando monótonamente su vida,  hasta que se encontró una bobina con el hilo de oro encima de su cama. La tomó entre sus manos y se  dio un susto morrocotudo cuando vio que le hablaba:
—Ya puedes tratarme con mimo, porque tu vida está representada por el hilo que recojo. Conforme la una va transcurriendo, el otro se va desenrollando de mí. A partir de ahora te concedo la posibilidad de tirar de él, pero ten en cuenta que lo que saques no podrás volver a enrollarlo. 

Con la curiosidad de saber qué le deparaba el futuro, desenrollo un trozo de hilo. Observó que se había hecho militante de un partido político, en el que encontraba una ocupación acorde con su nula preparación, vagancia y falta de principios. Con cuidado de no dejar transcurrir demasiado tiempo, sacó otro tramo.  Comprobó que se había  convertido en diputado y se encontró justo en uno de los momentos en que estaba desarrollando su actividad favorita. No quiso desaprovechar la ocasión y ató con un fuerte nudo esa parte del hilo a la bobina.

Y de esta forma congeló su vida en ese instante y pudo pasar a la eternidad robando.