Cuando leía asiduamente los periódicos de economía (Cinco Días y Expansión), compadecía a quienes tenían que opinar todos los días sobre el posible comportamiento que iba a tener la bolsa. Al principio utilizaban la mitad de su columna para decir lo que creían iba a suceder y la otra mitad para tratar de justificar por qué habían metido la gamba la jornada anterior. Con el tiempo aprendieron que para no columpiarse era mejor hablar de los motivos que podían llevar a una subida y los que podían acarrear una bajada. Así acertaban seguro, aunque el sistema no vendiera demasiado.
Recuerdo que tan solo unos días antes del lunes negro (1987) la flor y nata de los economistas españoles especializados en el mercado bursátil estaba dando en Zaragoza una serie de conferencias. Había absoluta unanimidad en afirmar que la renta variable gozaba de una excelente salud. Menos de una semana después las bolsas de todo el mundo caían estrepitosamente. Esos mismos señores pasaron a argumentar de forma inapelable los motivos por los que resultaba lógico que se hubiese producido la debacle.
Recuerdo que tan solo unos días antes del lunes negro (1987) la flor y nata de los economistas españoles especializados en el mercado bursátil estaba dando en Zaragoza una serie de conferencias. Había absoluta unanimidad en afirmar que la renta variable gozaba de una excelente salud. Menos de una semana después las bolsas de todo el mundo caían estrepitosamente. Esos mismos señores pasaron a argumentar de forma inapelable los motivos por los que resultaba lógico que se hubiese producido la debacle.
Para ganarse la vida hablando o escribiendo diariamente de economía es necesario tener mala memoria o poco pudor. Mala memoria para no recordar lo que se ha dicho recientemente. O poco pudor para que, recordándolo, no dé vergüenza seguir hablando ex cátedra a pesar de acabar de equivocarse ostensiblemente. Si pueden ser las dos cosas mucho mejor.




