Cuando Carmen Tirosa se quedó embarazada por Tomás Turbado y vio que no había forma de que el canalla asumiera su
responsabilidad, aunque las cuentas no podían cuadrar se miraran por donde se
miraran, engatusó a Jesús Dado
haciéndole creer que era el padre de la criatura que estaba por venir. A las
pocas semanas contrajeron matrimonio. Satisfizo
al supuesto progenitor en su deseo de que
llevara su nombre, si bien tuvo la
desvergüenza de colocarle de segundo el del que lo era en
realidad, arguyendo que así se llamaba un inexistente abuelo al que
adoraba. Curiosamente Jesús Tomás tuvo desde muy pequeño el carácter apocado de quien
nada había podido heredar, lo que utilizaba con frecuencia Carmen como
argumento para reforzar su embuste. Con el paso del tiempo esa forma de ser,
lejos de corregirse, se convirtió en un problema. El niño se asustaba con suma
facilidad, por lo que sus padres decidieron ponerlo en manos de un profesional.
Cuando lo llevaron a su consulta, tratando de calibrar la gravedad del asunto, se
le acercó por detrás y le dio un
pequeño empujón para ver cómo
reaccionaba:
—¡Qué
susto me has dado! —dijo Jesús Tomás sobresaltado.
—¿Jesús
Tomás Dado? —le preguntó el psicólogo.
—Sí
—le respondió.





