Cita del día
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CITA DEL DÍA: «La política es el arte de servirse de los hombres haciéndoles creer que se les sirve a ellos» (Louis Dumur).-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
viernes, 21 de octubre de 2016
lunes, 17 de octubre de 2016
El uso de la raya
Debería presentarme, porque hay muchos que no me conocen. Otros no me utilizan jamás. Bastantes me confunden con el guion (-), pero soy más larga (—) que él. De hecho hay quienes me llaman guion largo, aunque mi nombre sea raya. Soy un signo ortográfico importante, a pesar de que muchos fabricantes de teclados no me tengan en cuenta. Pero puedes escribirme correctamente pulsando ALT+0151 (la tecla ALT y antes de soltarla el número 0151).
Como dice el Diccionario panhispánico de dudas, puedes utilizarme "Para encerrar aclaraciones o incisos: Para él la fidelidad —cualidad que valoraba por encima de cualquier otra— era algo sagrado. Para esto pueden utilizarse también las comas o los paréntesis. Los incisos entre rayas suponen un aislamiento mayor con respecto al texto en el que se insertan que los que se escriben entre comas, pero menor que los que se escriben entre paréntesis".
—En la reproducción escrita de un diálogo, precedo a la intervención de cada uno de los interlocutores.
—¿No es un error que no te separes un espacio del texto? —preguntó el lector.
—Al contrario —respondió la raya—, debe ir pegado a mí. Lo mismo que en los incisos, tanto cuando los abro como cuando los cierro.
—Observo que en mi anterior intervención no has aparecido cerrando —puntualizó el lector—. ¿Por qué no lo has hecho?
—Porque, como no has seguido hablando, no se podía considerar un inciso. Observa cómo en la última sí he cerrado.
jueves, 13 de octubre de 2016
Las máquinas de escribir
La mayoría de los jóvenes de hoy en día no las han utilizado nunca. Algunos de ellos ni siquiera las conocen. Me estoy refiriendo a las máquinas de escribir. Empecé escribiendo con un dedo. Con uno en total —concretamente el índice de la mano derecha—, no con uno de cada mano como hacían otras personas. La izquierda solo la sacaba del bolsillo para pulsar la tecla de mayúsculas. No debía llegar ni a las 100 pulsaciones por minuto. En la academia de mecanografía se comprometieron a que alcanzaría las 300, escribiendo con los diez dedos. La mano izquierda iba a tenerla más fría, pero merecía la pena intentarlo. Todo es muy bonito cuando te lo cuentan, pero luego hay que enfrentarse a la cruda realidad. El problema era que se producían faltas con mucha más frecuencia. Cuando me equivocaba no tenía —como ahora— una tecla SUPR para borrar, sino que debía recurrir a una laminita de papel corrector que ponía encima de la equivocación, pulsaba la tecla de la letra del error y quedaba el trozo del folio de nuevo en blanco para escribir la correcta. Cuarenta segundos. Me quedaban solo veinte —del minuto— para seguir escribiendo. No merecía la pena. Siempre terminaba volviendo a utilizar el índice de la diestra, metiendo la siniestra en el acogedor bolsillo esperando a la siguiente mayúscula. Hasta que empecé a utilizar los teclados de los ordenadores —con SUPR— no llegué a sacarle partido a aquel cursillo de mecanografía.
domingo, 9 de octubre de 2016
miércoles, 5 de octubre de 2016
Radio al fin y al cabo
Mientras hacía sonar música o ponía a la gente al día de los acontecimientos que estaban sucediendo en el mundo, se multiplicaba por 2π para recorrer el perímetro de un paseo circular. Junto con su pareja se encargó de darle solidez al antebrazo de la mujer que lo puso en evidencia, gracias a lo cual fue premiada con el Nobel. De esta forma, sin dejar de ser radio, pasó de receptor de ondas hercianas a segmento lineal en una circunferencia. Y de hueso acompañante del cúbito de Madame Curie, al elemento químico que ella había descubierto.
sábado, 1 de octubre de 2016
El mango de las sartenes
El recipiente de titanio de aquellas sartenes resultaba tremendamente robusto. Además conservaba el calor distribuyéndolo uniformemente por toda su superficie, gracias a lo cual era ideal para hacer sofritos y estofados. Bastaba agua y detergente para limpiarlas sin problema alguno y conservarlas en perfecto estado. Además de todas esas cualidades, lo mejor que tenían era el mango. Lo malo, que cuando maduraba siempre había alguien que no podía resistir la tentación de comérselo para postre y las dejaba inservibles.
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