Cita del día

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CITA DEL DÍA: «El talento se educa en la calma y el carácter en la tempestad» (Goethe).

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viernes, 15 de junio de 2012

Me harté de ser cliente de Planeta






Sucedió hace alguno más de treinta años. Llegó mi cumpleaños y mi generosa hermana mayor, sabiendo que me gustaba leer las novelas ganadoras del Premio Planeta, en vez de regalarme la última que había salido me las compró todas. Se vendía la colección completa y tenías la posibilidad de apuntarte para que te enviaran, en la misma encuadernación, las que fueran ganando en los años siguientes. La editorial se aseguraba las ventas y tú te evitabas la molestia de tener que ir a comprarlas. Hasta ahí, todo muy bonito.

El  hecho de que llegara a mi domicilio la colección de Premios Nobel lo consideré un accidente sin importancia. Llamé a la central de Barcelona y me confirmaron que, efectivamente, otro cliente de Zaragoza los había comprado y debían haber bailado los pedidos. Sin que yo preguntara me dijeron que no era la primera vez que les sucedía, porque sus repartidores de mi ciudad eran bastante chapuceros. Les pregunté cuánto se demorarían en deshacer el error y vinieron a responderme que el tiempo que yo tardara en avisar a los que lo habían cometido y ellos en querer dirigirse a las dos direcciones. O sea, lo que se dice una auténtica coordinación para dar un buen servicio posventa. Como no me pilló con ganas de discutir, tomé nota del teléfono que me dieron de Zaragoza y llamé. Al ver que los de aquí tampoco estaban por la labor de colaborar llamé en  otro tono a Barcelona, diciéndoles que yo no buscaba culpables sino soluciones y que eran ellos los que tenían la obligación de facilitármelas. No debí impresionarles demasiado, porque aún tuve que hacer un par de llamadas más antes de que mis auténticos libros terminaran por dormir en mi casa. Habrían transcurrido tres o cuatro semanas desde que les comuniqué la equivocación.

Al año siguiente esperé pacientemente la llegada del libro con la nueva novela galardonada. Cuando llamé a Barcelona para preguntar me dijeron que debería haberlo recibido hacía tiempo, pero que al haber cambiado el sistema  informático se habían producido algunos fallos y yo me encontraba entre las víctimas. Tuve que volver a reclamarlo, pero terminó llegando.

Al año siguiente esperé pacientemente la llegada del libro con la nueva novela galardonada. Cuando llamé a Barcelona para preguntar me dijeron que debería haberlo recibido hacía tiempo, pero que al haber cambiado el sistema  informático se habían producido algunos fallos y yo me encontraba entre las víctimas. Tuve que volver a reclamarlo, pero terminó llegando.

Pensará el  amable lector que repito  los párrafos porque me he pasado de cañas, pero no es así. Sucede que ocurrió exactamente lo mismo dos años seguidos. Y añadiré que por lo menos otros dos más, pero como me parece que resultaría un poco reiterativo seguir haciendo la misma gracia hasta cuatro o cinco veces, de estas últimas me limitaré a dejar constancia. El caso es que ese cuarto o quinto año decidí escribir una carta a don José Manuel Lara, propietario y presidente de la editorial, comentándole lo que aquí estoy exponiendo y manifestándole mi opinión de que algo debía estar funcionando  mal  a sus espaldas, porque me parecía demasiada coincidencia que todo lo que me estaba sucediendo se debiera a un problema de mala suerte personal. Enseguida recibí su amable respuesta. Me pedía disculpas y me decía que había pasado nota al departamento correspondiente, para que se me enviara el libro de ese año y no volviera a ocurrir lo mismo en lo sucesivo.

A los pocos días recibí la novela con las excusas del departamento en cuestión, indicándome que el error se había debido a que acababan de cambiar el sistema informático. No tenía que preocuparme para los años siguientes, porque habían tomado buena nota para enviármelo puntualmente.

Han transcurrido veintiocho años. No han vuelto a mandarme el libro del premio Planeta nunca más, ni yo a reclamarlo. Supongo que seguirán perfeccionando el sistema informático.

martes, 12 de junio de 2012

Citas (101 a 110)







101. “La inteligencia me persigue, pero yo soy más rápido".


102. “Quien no tiene nada individual de qué envanecerse, se envanece de haber nacido aquí o allí” (Arthur Schopenhauer).


103. “La adulación es una moneda falsa que tiene curso gracias sólo a nuestra vanidad” (François de la Rochefoucauld).


104. “El pesimista se queja del viento; el optimista espera que cambie; el realista ajusta las velas” (William George Ward).


105. “El que busca la verdad corre el riesgo de encontrarla” (Manuel Vicent).


106. “Nunca es triste la verdad; lo que no tiene es remedio” (Joan Manuel Serrat).


107. "Son necesarios cuarenta músculos para arrugar una frente, pero sólo quince para sonreír” (Swami Sivananda).


108. “No dejes crecer la hierba en el camino de la amistad” (Sócrates).


109. “¿Qué es la avaricia? Un continuo vivir en la pobreza por temor a ser pobre” (San Bernardo de Claraval).


110. “El 28 de diciembre nos recuerda lo que somos durante los otros 364 días del año” (Mark Twain).


Citas (91 a 100)                                     Página principal                                   Citas (111 a 120)

sábado, 9 de junio de 2012

Historia de una multa








Volvía tranquilamente por la autovía de Madrid hacia Zaragoza. Varios conductores me habían pasado a velocidades muy por encima del límite permitido. Vislumbré a lo lejos, circulando, un coche de la Guardia Civil. Como era una recta larga y vi que no venía nadie por detrás, me puse en el carril de adelantamiento con bastante antelación. Al no haber nadie cerca para ser informado de la maniobra con el  intermitente, no lo encendí. Poco después de haber sobrepasado al vehículo citado volvió a ponerse delante, indicándome que parara a la derecha. El agente de mayor graduación se acercó a mi ventanilla. Me preguntó, siempre en tono irónico, si los intermitentes los llevaba de adorno y otras sandeces parecidas. Le dejé hablar hasta que me comentó que iba a ponerme una multa. Entonces ya intervine y le dije que había estado callado pensando que iba a ser la única posibilidad que tenía de evitar la sanción, pero que si iba a ponérmela de todas formas yo también quería hablar. Empecé por reconocer que aunque el intermitente no aportaba nada a la seguridad de la maniobra quizá debería haberlo encendido de todas formas, pero que en cualquier caso la infracción me  parecía mucho menos grave que la cometida por los coches que acababan de adelantarnos a velocidades estratosféricas. Que podía llegar a entender que habiéndose visto obligado a cambiar su anterior papel de agente de la autoridad por el de recaudador a destajo, al querer asumirlo, le resultara más cómodo parar a un pardillo circulando despacio que emprender la persecución de un ciudadano a 200 km/h; pero que no me parecía adecuado en absoluto (y menos en una persona que llevaba ese uniforme) que se dirigiera a mí de forma tan impertinente. Evidentemente no nos pusimos de acuerdo en la calificación del tono en el que me había hablado, pero tampoco me pareció ya necesaria la disculpa considerando que el mío había terminado por ponerse a la misma altura.

Mientras el agente iba a su coche en busca del talonario de multas me dio por pensar en el  prestigio de la Guardia Civil, que evidentemente no iba a sufrir merma alguna en mi opinión por lo que acababa de suceder. Cuando ocurre un accidente, sus unidades correspondientes acuden prestas al auxilio de los heridos y reorganización del tráfico. Cuando hay una redada de delincuentes de cualquier tipo, en la mayoría de las ocasiones se encuentran sus tricornios detrás de la  misma. Cuando un ciudadano está en peligro, siempre hay alguno de sus representantes dispuesto a jugarse la vida para salvarlo. Cuando un coche con su emblema se encuentra en nuestros alrededores sabemos, en definitiva, que podemos respirar tranquilos. Pocas instituciones aglutinan un respeto tan unánime de la ciudadanía, ganado a pulso por su buen hacer en el día a día de muchísimos años en diferentes situaciones políticas. En el desfile del Día de las Fuerzas Armadas recogen siempre las ovaciones más cerradas. A nadie se le oculta su decisiva colaboración en la casi desaparición del terrorismo (a  pesar del entorpecimiento de la ganadería política), en cuya lucha han sufrido numerosas bajas. 

Me hallaba en esos pensamientos cuando se me acercó el segundo agente, inferior en galones pero superior en todo lo demás:
—Vengo a pedirle disculpas.
—¿Disculpas?
—Creo que no hemos utilizado con usted un tono correcto.
—Usted no ha intervenido en la conversación. En todo caso tendría que pedírmelas su compañero.
—Los dos llevamos el mismo uniforme y por respeto al mismo quería pedirle perdón.
—Lo acepto, si se queda más tranquilo, pero considero su solicitud innecesaria. En ningún momento me he sentido ofendido por usted, ni por ese respetable uniforme que prestigia vistiéndolo.

¡Honor y gloria a la Guardia Civil!

miércoles, 6 de junio de 2012

Diccionario en tono de humor (8)





Reinvención personal, en clave de humor, del significado de las palabras.


CENTONAR. Amontonar cien cosas sin orden.
CERCA. Valla  próxima.
CERRO. Signo numerral sin valor propio.
CESAR. Dejar de ostentar el título de emperador romano.
CHARRO. Vehículo salmantino para transportar objetos diversos.
CHINCHÓN. Hinchazón anisada.
CHIFLADO. Instrumento musical de viento del que solo se puede sacar la primera nota.
CHILLÓN. Silla de brazos tapizada con colores demasiado vivos.
CHISMEAR. Orinar orina.
CHISPORROTEAR. Despedir chispas el  canuto.
CHISTERA. Sombrero de copa alta que mueve a la risa.
CHOCHEAR. Extremar el macho el cariño y afición por la  entrepierna de la hembra.
CÍRCULO. Recinto destinado en la antigua Roma para algunos espectáculos publículos.
COMENSAL. Cada una de las personas reunidas en una misma mesa a comer cloruro sódico.
COMPRENDER. Apresar a una persona, a pesar de entender los motivos que le han impulsado a cometer la falta que le ha condenado.

jueves, 31 de mayo de 2012

Citas (91 a 100)







91. “El problema de nuestros tiempos es que el futuro ya no es lo que era” (Paul Valéry).


92. “El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad” (Víctor Hugo).


93. “Procuremos ser más padres de nuestro porvenir que hijos de nuestro pasado” (Miguel de Unamuno).


94. “Yo no sé quien fue mi abuelo; me importa mucho más saber quién será su nieto” (Abraham Lincoln).


95. "No es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita”.


96. “Tener la conciencia limpia es síntoma de mala memoria”.


97. "Planea la vida como si fueras a vivir siempre y vívela como si fueras a morir mañana".


98. "Los complejos de inferioridad serian estupendos si los tuvieran las personas adecuadas”.


99. "Nada es felicidad si no se comparte con otra persona. Nada es verdadera tristeza si no se sufre completamente solo”.


100. "Hay gente tan sumamente pobre que solamente tiene dinero”.


Citas (81 a 90)                                      Página principal                                     Citas (101 a 110)

lunes, 28 de mayo de 2012

Inocente inocentada






Ya sé que, al menos en España, el Día de los Inocentes es el 28 de diciembre. De hecho hice la broma en esa fecha; pero me ha venido hoy a la memoria, faltan todavía unos cuantos meses y quizá cuando llegue no me acuerde de contarla. Así que no voy a dejar para mañana lo que puedo hacer hoy.

Me inspiré en un viejo chiste. No es que tenga demasiada gracia para estas  cosas, pero la verdad es que me salió redonda. Todo se produjo tan a pedir de boca, que no sabía por dónde cortar.

Estábamos en la oficina cuatro comerciales y una secretaria. Por la mañana llevábamos  el mismo horario, pero por la tarde la chica se adelantaba una hora. Aprovechando ese tiempo llamé desde casa por teléfono, cambiando un poco la voz para que no me reconociera:
—¿El señor Peláez,  por favor?
— Aquí no hay ningún Peláez —respondió ella.
—Disculpe señorita.

Al cabo de diez minutos le dije a mi hermana que hiciera la misma llamada. Evidentemente obtuvo idéntico resultado, pero me dijo que la había notado algo desconcertada.

Un poco más tarde entré yo de nuevo en acción, cambiando  a una nueva voz. Volvió a suceder lo mismo, pero ya me preguntó quién me había facilitado ese teléfono. Le respondí que el propio señor Peláez. No me dio grandes  explicaciones, pero el  mosqueo que llevaba era ya considerable.

Dejé transcurrir de nuevo unos minutos y  volví a llamar, ya casi sin disimular la voz, con la intención de rematar definitivamente la inocentada:
Buenas tardes. Soy Antonio Peláez. ¿Me ha llamado alguien?
—…

Hasta allí estaba prevista la gracia, pero al ver que no reaccionaba decidí seguirla mientras diera de sí:
—¿Me escucha, señorita? ¿Podría decirme, por favor, si me ha llamado alguien?
—Claro que le han llamado. ¿Pero usted quién es? ¿Quién le ha dado permiso para relacionar su persona con este teléfono?
—Creo que debería haber empezado por ahí —improvisé sobre la marcha—. Tiene usted razón. Le pido disculpas. Ha sido todo tan precipitado... Soy un veterinario de Badajoz y he tenido que trasladar mi consulta a Zaragoza. Hasta dentro de una semana no voy a tener conectado el teléfono, pero necesitaba urgentemente que algunas personas pudieran ponerse en contacto conmigo. Sin tiempo para avisarles a ustedes pensé: “Seguro que estos señores serán tan amables de cogerme los recados durante unos días“.
—Yo eso no puedo hacerlo sin la autorización de mi jefe y hasta dentro de una hora no vendrá.
—Lo entiendo perfectamente. Valoro su profesionalidad. Quedamos entonces en que usted se lo consulta cuando llegue y yo le llamo en un par de horas para recibir su respuesta. Muchas gracias.

Entre pitos y flautas se me había hecho la hora de ir a la oficina. Cuando llegué, salió a mi encuentro muy nerviosa:
—Si te cuento  lo que me ha pasado no te lo crees —me  dijo.
—Antonio Peláez —me presenté, alargándole la  mano.
—Calla. No hagas  el idiota. Déjame que te cuente.
—Soy Antonio Peláez y estoy encantado de conocerle, señorita —tuve que insistir.

Por respeto al lector, obviaré los insultos recibidos.




Como coletilla añadiré que un par de años después la chica se casó y trasladó su residencia a Madrid. Por saber cómo le iba le llamé un día, no pudiendo evitar probar con  una de mis mejores voces:
—Buenas tardes. Le llamo de El Corte Inglés.
—¡Vete a la mierda, Chema! —me respondió inmediatamente.

Como no tenía un pelo de tonta supuse que había espabilado, aunque me quedé con la curiosidad de preguntarle a cuántas voces desconocidas había mandado a la mierda pensando que era yo el que llamaba.