Dicen las malas lenguas que la palabra ampolla procede del latín, que a su vez la había tomado prestada del griego, pero hay voces discrepantes que le atribuyen un origen más reciente y menos culto. El comprensivo lector sabrá disculpar lo que pueda tener de chabacana la conclusión de la inventada historia que voy a contarle.
Siempre se había negado a pasar a la zona nudista de la playa. Sus amigos sabían que era por pudor a mostrarse desnudo en público, aunque para pitorrearse le decían que era porque le daba vergüenza tenerla tan pequeña. Cada vez que lo dejaban solo para cruzar al otro lado, volvían contándole maravillas sobre lo buenas que estaban las chavalas con las que habían ligado en pelota picada. Aquella mañana, como otras muchas, cuando llevaban un rato en la zona vestida decidieron pasar a la parte nudista. Tan harto estaba de las bromas y tanta curiosidad tenía por ver a las chicas desnudas, que decidió superar su timidez y acompañarles. Cuando llegaron no había más que personas mayores y se pusieron a tomar el sol mientras esperaban que llegasen muchachas de su edad. Nuestro héroe se despojó del bañador después de haberse dado la protección, sin darse cuenta de que por la falta de costumbre olvidó protegerse aquella parte del cuerpo que nunca se había enfrentado a los rayos solares. Para más inri se quedó dormido, por lo que estuvo expuesto más tiempo del que hubiera sido prudente. El resto de su anatomía no sufrió demasiado gracias a la crema, pero sus partes íntimas se le quedaron en carne viva.
Hasta entonces nadie había pensado en darle un nombre a esas bolsas de líquido que como consecuencia de quemaduras o rozamientos se producen en la epidermis de la espalda, pecho, pies, etc., pero a partir de ese día, considerando el lugar del cuerpo en que se habían producido, se inventó la palabra ampolla. Con el paso del tiempo el significado se ha ido generalizando y actualmente se utiliza aunque esté ubicada en otras zonas corporales.





