Mi padre disfrutaba hasta llorar de la risa con los chascarrillos e historietas populares, particularmente si procedían de su entrañable tierra oscense. Uno de los que más gracia le hacía era el del dependiente de un tal Ovidio. El suceso, que como chiste no resultaría de una especial ocurrencia, se me antoja divertido por ser verídico.
Ovidio era un señor de Huesca que tenía una tienda. Compartía la atención al público con un discreto y socarrón dependiente, en el que tenía depositada toda la confianza para dejarlo al frente del negocio cuando tenía que salir a hacer gestiones. Incluso cuando el jefe estaba en el despacho de la trastienda, el fiel trabajador trataba de cubrirle las espaldas liberándole de aquellas visitas que consideraba inoportunas. Una de las más habituales era la de un jubilado, que había tomado la costumbre de entretener su aburrimiento dándose una vuelta por el local. Como el susodicho era de esas personas que confunden con frecuencia el nombre a quienes lo tienen un poco raro, el empleado se aprovechó de ello para conseguir darle puerta por algún tiempo:
—Buenos días. ¿Está Oviedo?
—No señor, que está en Asturias.
—¿Por cuánto tiempo?
—No sabría decirle.
El buen hombre dejó transcurrir una semana antes de volver a intentarlo:
—Buenos días. ¿Está Oviedo?
—No señor, que sigue en Asturias.
—¿Y qué se le ha perdido por allí?
—No sabría decirle.
El asunto duró hasta que un día Ovidio y el jubilado se encontraron por la calle:
—Me alegro de verte, Oviedo. ¿Qué tal por Asturias?
—¿Por Asturias? En mi puñetera vida he estado yo en Asturias.





