Cita del día



CITA DEL DÍA: "Quienes opinan que el dinero todo lo puede, sin duda están dispuestos a todo por dinero" (E. Pierre Beauchene).


sábado, 24 de noviembre de 2018

Ha nacido mi chiquitín






En la clínica Editorial Círculo Rojo, ha venido al mundo mi chiquitín. Todo se ha desarrollado con la tranquilidad de quien se siente acompañado por unas manos expertas. Con la emoción propia de un padre (casi abuelo) primerizo, lo he cogido entre mis brazos, mirado y remirado, sonreído, besado, abrazado, olido… El próximo día 29 será bautizado en la Librería Central de mi ciudad (Zaragoza) con el nombre de Diccionario en tono de humor, como no podía ser de otra manera. Mi primo Fernando García Vicente —Justicia de Aragón desde 1998 hasta hace unos meses— será su inmejorable padrino.

La gestación ha sido larga. Hace casi cuarenta años cayeron en él sus primeras palabras, pero fue a partir de 2012 —tras 25 años de dormir en un cajón— cuando cogió el impulso definitivo. Fue su aparición en esta Bitácora de Macondo y sobre todo la generosa acogida por parte de todos vosotros —sus seguidores— los que me envalentonaron para seguir incorporando definiciones, hasta las más de 1200 que recoge.

Sin vosotros —los que seguís acompañándome y los que habéis dejado la blogosfera— no hubiera sido posible cumplir este sueño.

Muchísimas gracias.







El libro ha aparecido en las versiones de papel y electrónica (ebook). Se encuentra en las principales distribuidoras (Amazon, Logista, etc.), por lo que debe poder ser localizado desde cualquier lugar del mundo. 

martes, 20 de noviembre de 2018

Zeppo

REEDICIÓN (edición: 30/01/2013)
 
 




Zeppo supuso un salto de calidad en la larga tradición de perros fox terrier en mi familia. Tenía hasta papeles. Pero él no lo sabía. O no le daba importancia, porque trataba a los otros de igual a igual. Siempre fue muy llano. Era de natural tranquilo, pero si había que reñir se reñía sin mirar la alcurnia del rival. Ni el tamaño. Recuerdo  al sorprendido Hans, un dogo alemán, cuando se vio atacado por el pequeño. Se limitó a gruñirle para ver si recapacitaba y se daba cuenta de que el enfrentamiento iba a resultar desigual. Pero Zeppín cuando se ponía tozudo era como Juanico, el de la petaca del cura. No era fácil de convencer. Pudimos llegar a tiempo de impedir el desaguisado. 

Nunca fue demasiado cariñoso. Lo justo. Si le hacías alguna caricia te la agradecía educadamente moviendo levemente el rabo, pero si no te acercabas a él tampoco te buscaba. Lo del adiestramiento no lo llevaba bien. Ni mucho, ni poco. No le hacía ilusión eso de que quisieras enseñarle a sentarse y a echarse cuando se lo ordenaras. No le encontraba sentido. Prefería hacerlo cuando él lo consideraba oportuno. Y así lo hizo siempre. Ruja decía que cuando le mandaba alguna cosa se lo quedaba mirando como diciéndole “tócame el haba”. Y si lo decía Ruja sería verdad, porque conocía y quería a los perros como nadie. Como nadie y como mi primo Ricardo. Creo que fue con quien Zeppo hizo siempre mejores migas. Cuando nos dio por echar unas manos de póquer después de cenar, se lo ponía sobre sus rodillas. La cosa duró hasta que el animal, según mi primo, aprendió las reglas del juego y no podía evitar alterarse cuando veía que le había entrado jugada. 

Mi abuelo siempre lo comentaba, hablando del instinto. Lo más parecido a un zorro que había visto en su vida la Tuca, primera fox terrier que hubo en casa, era una butaca de teatro, hábitat natural de su anterior dueña. Sin embargo la primera vez que sintió el olor de la raposa en un cado se le erizó el pelo y se fue a por ella, como impulsada por la voz de los genes. Lo mismo le sucedió a Zeppo cuando todavía era una bola de algodón. Hubo que frenarlo para que pudiera llegar a adulto. Para que tuviera tiempo de disfrutar la vida. Para que su simiente cumpliera el objetivo de fecundar. Esa fue su segunda afición. O la primera. A pesar de su cojera, que le impedía efectuar el asalto a la hembra con naturalidad. Un puto tractorista le había dejado una pata chula para los restos en una desafortunada maniobra. Pero la ilusión por el folleteo le quedó intacta y su problema podía ser perfectamente subsanado con la ayuda de un buen mamporrero.

Y ésta es, a grandes rasgos, la historia de Zeppo. Independiente donde los haya. Con una personalidad muy acusada. Parco en el reparto y austero en la necesidad de cariño. Poco dado en definitiva a los alardes afectivos, pero con una más que demostrada fidelidad en los momentos importantes. No es por casualidad que, muchos años después, todos sigamos recordándolo con una emoción muy especial.

 

jueves, 15 de noviembre de 2018

Las Tucas y los tucos

REEDICIÓN (edición: 21/01/2013)
 
 




La Tuca debió ser el primer ejemplar de fox terrier que se conoció en aquella zona de Los Monegros. Tanto es así que, transcurrido casi un siglo, todavía hay mucha gente de por allí que llama “tucos” a los perros de esa raza. Se la compró mi abuelo a una actriz de teatro. Por aquél entonces el hermano pequeño de mi padre debía tener unos dos años. La primera noche mi abuela tuvo verdaderos problemas para dar una vuelta por el niño. La Tuca se había instalado a los pies de su cuna y no permitía que nadie se acercase a él. Parece ser que su anterior dueña tenía un hijo de una edad similar y la perra había sido la responsable de su custodia mientras ella estaba trabajando. Al llegar a casa de mis abuelos había asumido el  cambio de niño, pero no el de madre. 

La segunda Tuca que me consta, hija o nieta de aquélla, fue regalada de cachorro por mi padre a mi madre. Eran todavía novios. Mi abuela materna la aceptó con la condición de que sería devuelta en cuanto creara cualquier problema. Era raro el día que no hacia alguna travesura, pero mi madre se las tapaba como podía. Dicen que la falda de la mesa camilla, que empezó teniendo algunas flores de adorno, terminó siendo un auténtico prado de margaritas. Cada dentellada de la perra era disimulada primorosamente con el ganchillo. Sin embargo debió hacer alguna más gorda que no se pudo ocultar porque, con gran dolor por parte de su dueña, mi abuela cumplió su amenaza y la Tuca volvió a casa de mis abuelos paternos. Unos años después, ya casados mis padres, en la primera visita de mi madre a casa de sus suegros observó sorprendida que un perro enloquecía de alegría con su presencia. La Tuca había cambiado mucho para ella, pero ella sí que había sido reconocida por la Tuca. 

Ya no éramos unos niños cuando nació la tercera Tuca de la que voy a hablar. Se la regalaron a uno de mis hermanos y conservó la tradición de ponerle ese nombre. Acababa de ser destetada y era demasiado pequeña para mandarla al monte. Queríamos tenerla en Zaragoza hasta las siguientes vacaciones. Mi madre siempre nos había advertido que no le gustaba tener perros en casa, porque les cogía mucho cariño y todo le parecía poco para ellos. Cuando la vio, tan frágil y tan bonita, no fue capaz de dejarla desamparada. Cumplió a rajatabla con lo que había dicho. La convirtió en la reina de la familia. Nos sorprendió un día diciendo con mucha alegría que había descubierto que los riñones no le gustaban ni muy hechos, ni demasiado crudos, sino vuelta y vuelta por la sartén. Eso quería decir en primer lugar que le daba riñones para comer y después que analizaba sus gustos hasta ese punto. Llegamos a temer por la posibilidad de tener que salir nosotros de casa si la Tuca necesitaba nuestro espacio, pero afortunadamente llegaron las vacaciones, la perra se fue a su casa definitiva y las aguas volvieron a su cauce.
 

sábado, 10 de noviembre de 2018

Parábola del banquero pródigo

REEDICIÓN (edición: 05/11/2012)
 
 



 
Había una vez un hombre, de nombre cambiante pero actuaciones similares, que tenía dos hijos. El mayor y predilecto muy bien podría llamarse Rodrigo y al menor le encajaba perfectamente Inocencio. A pesar de llevar una vida regalada —o precisamente por eso—, porque su padre era rico y lo tenía muy contemplado, el primogénito decidió un día marcharse de casa pidiendo  la parte de la herencia que le correspondía. Con gran dolor de su corazón, el hombre accedió. Pocos días después Rodrigo se marchó y se estableció por su cuenta, dedicándose a ofrecer préstamos hipotecarios para tratar de aprovechar el boom inmobiliario. Cuando hubo gastado todo el dinero, sobrevino una crisis —que al principio se llamó reajuste— y empezó a pasar necesidad. Pensaba con envidia en los súbditos de su padre, que tenían pan en abundancia mientras él apenas podía comer. Decidió levantarse, ir a él y decirle: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo. Trátame como a uno de tus putos vasallos". Y así lo hizo. Estando todavía lejos le vio su progenitor, corrió hacia él, se echó a su cuello y le besó efusivamente. No dejándole siquiera iniciar la frase que llevaba preparada, dijo a sus siervos: “Traed aprisa un Giorgio Armani y vestidle, ponedle un diamante en el dedo y unos Louis Vuitton en los pies. Matad el novillo cebado, comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha resucitado; estaba perdido y ha sido hallado”. Y comenzó  la celebración. El hijo menor oyó el jolgorio al regresar a casa del trabajo y preguntó el motivo a uno de los criados. Como no le  convenció la explicación, no quería unirse al festejo. Salió su padre a suplicarle y él le respondió: “Hace años que te sirvo sin rechistar. Jamás he dejado de  cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para hacer una comida con mis amigos; sin embargo ahora viene ese hijo tuyo que ha dilapidado tu patrimonio y matas en su honor el novillo cebado”. El hombre le respondió: “Hijo, tú siempre has estado conmigo y todo lo mío es tuyo. Me has tenido a tu disposición para obedecerme, votarme y pagar los impuestos que te he exigido. Tu hermano, por el contrario, estaba muerto y ha resucitado; estaba perdido y ha sido hallado”.

A partir de ese día el padre fue vendiendo una buena parte de la hacienda que le quedaba para dejar libre de deudas a Rodrigo. La economía del lugar se resintió y subió los impuestos para  poder subsistir. Inocencio se quedó sin trabajo, por lo que no pudo seguir pagando la hipoteca de su casa y lo echaron  con su familia a la puta calle.

 

lunes, 5 de noviembre de 2018

Mi fiel amiga la radio

REEDICIÓN (edición: 29/10/2012)
 
 
 





Desde niño me sedujo su funcionamiento. La magia de que pudiera llegar a un aparato que tenías en casa, sin cables de por medio, por obra y gracia de las ondas, la voz de alguien que estaba muy lejos.

Creo que fue Matilde Perico y Periquín el primer programa que seguí con una cierta asiduidad. Recuerdo también que en las Navidades estaba Pinzón, un pájaro hijo de puta que se chivaba a los Reyes Magos de las cosas malas que hacían los niños para que les dejaran carbón. Fueron mis primeros pasos, pero entonces todavía no  llegué a engancharme. Dependía de una radio ubicada en el cuarto de estar, que no estaba vedado a los peques pero era más territorio de adultos. 

La aplicación de las pilas iba a ser muy importante para su expansión. Yo lo descubrí a través del transistor de tía Pilarín, la maestra, que venía a pasar con nosotros unos días de sus vacaciones. Ya no tenías que ir tú a la radio, sino que era la radio la que te acompañaba allá donde fueras. A la sombra de un tamarindo, con todos los sobrinos alrededor, esperando entre canciones que llegara el extracto de La ciudad no es para mí, de Paco Martínez Soria. Desde entonces tuve la certeza de que ese invento iba a aportarme muchos momentos de compañía en mi vida.

Todavía tendría que producirse un abaratamiento en el precio para que la nueva radio pudiera alcanzar definitivamente su popularización. Un transistor no era entonces un aparato asequible al bolsillo de unos Reyes Magos que tenían que comprar juguetes para seis hermanos más. Ni se me ocurrió pedirlo todavía. Sin embargo me habló mi padre de la radio galena y esos fueron mis primeros pinitos con un aparato en propiedad. Un cable a tierra a través del radiador y otro de antena al jergón de la cama, que ampliaba haciéndola extensiva a los de mis dos hermanos que dormían a mi derecha. Unos auriculares me permitían escuchar relativamente bien  una emisora. Pero la ilusión duró el tiempo que me llevó asumir el misterio, porque el sistema resultaba bastante incómodo.

Con el paso del  tiempo  los  precios fueron  bajando. Me consta sin embargo que aquél  año los Reyes, conscientes de lo que para mí significaba, hicieron un esfuerzo. Tenía quince años cuando  estrené mi primer transistor, un  Lavis rojo con funda de plástico negra. Creo que ha sido el regalo más deseado de cuantos me han hecho en  mi vida. Desde entonces no me he separado  de la radio.

La televisión  ya llevaba unos años funcionando y enseguida salieron los agoreros, empeñados en darle la extremaunción al aparato del que sólo salían sonidos. Mientras tanto la radio se hacía accesible a más bolsillos y se iba ubicando en más lugares. El invento de las imágenes requería atención en exclusiva, mientras que el de los sonidos era compatible con casi todas las actividades de la vida.

El tiempo ha dado la razón a quienes decían que había mercado  para ambas. La proliferación de emisoras y canales es la  prueba más concluyente. Sin embargo la evolución de una y otra ha sido, a mi modo de ver, totalmente contrapuesta. Mientras la competencia ha sido el acicate que ha impulsado a las radios a mejorar la calidad, las televisiones han optado por igualarse en la mediocridad.

Larga vida para  la radio, mi fiel e inseparable amiga.