Cita del día



CITA DEL DÍA: “Hay un método secreto para volver del casino con una pequeña fortuna: ir con una gran fortuna” (Isidoro Loi).


sábado, 31 de octubre de 2015

20 de abril






Sepa Vuesa Merced que nací un 20 de abril. El 20 de abril de 1953, porque si dijera que había nacido un 20 de abril de 1953 estaría atribuyendo al año en cuestión esa fecha repetida un número indeterminado de veces. Se da la curiosa circunstancia de que en ese día celebro también mi cumpleaños. Y la de que Celtas cortos —intérpretes de la canción 20 de abril— fueron los primeros cigarros de mi adolescencia. Soy el hermano de siete terceros. En mi familia no hubo antepasado alguno, porque todos los antes de la misma estaban afortunadamente en buenísimas condiciones. Siempre he tenido las ideas muy claras. Encaucé acertadamente mis estudios de bachiller hacia las ciencias, lo que me permitió licenciarme posteriormente en Filosofía y Letras. Ese es el motivo por el que casi toda mi vida me he dedicado al tema financiero. Mentiría si dijera que conocí a la que más tarde sería mi mujer, por lo que sigo soltero. Y digo que sigo soltero porque ya vine al mundo con ese estado civil. Como siempre pensé que había que estar casado para ser padre, no he tenido hijos. Es cierto que terminaron diciéndome que no hacía falta, pero para entonces ya me dio pereza planteármelo siquiera. Lo que sí tengo son sobrinos, que es mucho mejor. Si todos nos conformáramos con ser tíos el mundo no estaría tan superpoblado. Ni siquiera poblado. Cuando sea mayor me gustaría ser mayor. Y jubilado.


domingo, 11 de octubre de 2015

Cuento modelo






Agradeceré al lector puntilloso que no venga a decirme que él sabe de un cuento en el que es una niña la que tiene que vérselas con un lobo y que además no se casa con nadie por cuestión de edad. Yo también lo conozco. Apelo a su comprensión. Las conclusiones que saco a continuación sobre mi lectura de cuentos infantiles tradicionales, como generalidades que son, no se cumplen a rajatabla.



La historia tiene que haber sucedido hace muchísimos años y en un lejano país, por aquello de que nadie pueda sentirse señalado y resulte más sencillo darle credibilidad a la cosa. Si el protagonista no es un frágil animal ha de ser un niño, porque los destinatarios son personas de corta edad que deben sentirse identificadas con él. Pongámonos en este segundo caso.

Si el chico es varón, conviene que sea el pequeño de siete hermanos. El padre a poder ser labrador e inevitablemente más pobre que las ratas. Por supuesto el lugar donde habitan es una choza inmunda, ubicada en medio de un bosque donde vive un lobo malísimo o un gigantesco ogro todavía peor, al que le ha dado por la antropofagia infantil. En la primera de las situaciones el chaval cuenta con la ayuda de bondadosas personas adultas para poder deshacerse del animal y salvar la vida. Cuando se trata de un ogro resuelve la papeleta por su cuenta. Como es más listo que Ramón y Cajal juntos, no solo logra evitar caer en sus manos, sino que además se lo cepilla y le levanta toda la pasta, que es tanta que le permite vivir a él y su familia para los restos sin dar un palo al agua. Todo ello contando con el beneplácito de la guardia civil de la época y del lugar, la cual tiene que hacer la vista gorda al crimen para que no se nos fastidie la gracia del cuento.

Como el machismo campa por sus respetos, si la protagonista es chica las cosas cambian radicalmente. Para empezar nos hemos cargado a su madre, con objeto de que el calzonazos de su padre haya podido casarse con una mala pécora que solo quiere a sus hijas naturales, que son tan malas y envidiosas como ella y mucho más feas que nuestra heroína. A la muchacha no hace falta que le adorne la inteligencia, porque (para qué vamos a engañarnos) lo importante es emparejarla bien. Quizá tengamos que dejarla durmiendo unos días o hasta cien años, pero merece la pena la espera porque al final la matrimoniamos nada menos que con un príncipe. ¿Se puede pedir más?

Con algunos matices, por ahí tienen que andar los tiros de la narración. Es condición indispensable que termine bien, por lo que hay que concluir diciendo que vivieron felices, comieron perdices y a mí no me dieron porque no quisieron.

Y con estas enriquecedoras lecturas fuimos cultivando nuestras mentes infantiles. Luego dicen que pasan cosas.