Como cada uno anhela lo que no tiene, todo el mundo la envidaba y ella envidiaba a todo el mundo. Vivía en un maravilloso lugar de trescientos habitantes, en el que siempre hacía lo que los forasteros llamarían buen tiempo y ella denominaba anodino. Disfrutaba cuando chateaba con personas de otros lugares, que se quejaban de calor y tan solo unos meses después se lamentaban del frío. Suspiraba por necesitar ropa distinta para cada época del año. Por tener que subirse el cuello del abrigo, ponerse un pasamontañas, ajustarse unos guantes y liarse a bolazos de nieve con sus amigos.
El día que se le apareció el genio de la lámpara enseguida pensó en la primavera, el verano, el otoño y el invierno, con todas sus consecuencias. Le ofreció solo un deseo y ella le respondió que era un rácano, pero cambió de opinión cuando puntualizó que pedir cuatro estaciones distintas podía considerarlo dentro de la misma solicitud. Convinieron que su ilusión se haría realidad el día de su cumpleaños, para el que quedaba una semana. La pasó comprando ropa de todas clases, haciendo planes y con unos nervios tremendos. La última noche apenas pegó ojo. En cuanto creyó que había tenido que amanecer se echó de la cama y fue corriendo a la ventana. La temperatura era similar a la de cualquier otro día a esas horas. Lo que sí vio a lo lejos fue cuatro edificios desconocidos. Se vistió rápidamente y se dirigió a inspeccionarlos. Cada uno de ellos estaba presidido por un letrero: estación de ferrocarril, estación de autobuses, estación de metro y estación de tranvías.





