Matador de toros aragonés, natural de Ricla (Zaragoza). Quienes lo vieron torear dicen que no ha habido otro tan valiente como él.
Se opina a través del Cossío que el último toro que estuvo a punto de provocarle la muerte fue el que le salvó la vida, porque las consecuencias de la cornada le obligaron a retirarse de las plazas, donde por su desmedido valor hubiera terminado por morir. Aún intentó probar sus fuerzas en cuatro corridas, hasta que se dio cuenta de que ya no le acompañaban para estar al nivel que él pretendía ofrecer a sus seguidores. En la última recibió al toro a porta gayola, una de las suertes taurinas más arriesgadas. Dicen que su querido público de la Ciudad Condal le gritaba desesperado desde el tendido que desistiera de su intención.
Se opina a través del Cossío que el último toro que estuvo a punto de provocarle la muerte fue el que le salvó la vida, porque las consecuencias de la cornada le obligaron a retirarse de las plazas, donde por su desmedido valor hubiera terminado por morir. Aún intentó probar sus fuerzas en cuatro corridas, hasta que se dio cuenta de que ya no le acompañaban para estar al nivel que él pretendía ofrecer a sus seguidores. En la última recibió al toro a porta gayola, una de las suertes taurinas más arriesgadas. Dicen que su querido público de la Ciudad Condal le gritaba desesperado desde el tendido que desistiera de su intención.
Retirado de los cosos pudo dedicarle más tiempo a sus negocios (ganadería), a su familia y a sus amigos. Quienes hicieron tratos con él decían que era un lince, a la par que un señor. Amigo de sus amigos por encima de todas las cosas. Mi abuelo estaba entre los más allegados. Y también mi padre, a quien le profesaba un profundo y correspondido afecto. Con frecuencia compartieron habitación en ferias de ganado. En una de ellas quiso hacerle partícipe de algo que hasta entonces sólo había visto su mujer, mostrándole en su cuerpo desnudo el impresionante mapa de cornadas que reflejaba la historia de un auténtico gladiador de los ruedos.
Su hija Carmen fue especialmente querida en mi familia. Pasó a formar parte de la misma al casarse con mi tío Manuel, el único hermano varón de mi padre. Con los tres hijos del matrimonio nuestros sentires han sido siempre más de hermanos que de primos.
De los tres hijos varones de Braulio el único que llegó a vestirse de luces fue el mayor, que llevaba su nombre. No obstante, tras una brillante trayectoria como novillero, debió pesarle en demasía la responsabilidad del apellido y no llegó a tomar la alternativa. En alguno de los festivales taurinos que organizó años después en su Ricla natal —en los que logró reunir a auténticas figuras del toreo— pudo dejar constancia de su torería.
A Francisco Javier lo tengo más difuminado. Murió joven y puede decirse que mi conocimiento sobre su bondad y simpatía me viene de oídas.
Sin duda fue José Manuel el que más se parecía a su padre en todos los aspectos. Físicamente y porque heredó sus más destacadas cualidades: inteligencia, amistad con mayúsculas y señorío a la antigua usanza. Y aquí ya puedo hablar de primera mano. También temperamental, por lo que en algunas ocasiones fue inevitable el choque entre padre e hijo. Como cuando le dijo que iba a alternar sus estudios de económicas en Bilbao con la práctica del baloncesto, puesto que había firmado un contrato con el Kas. Lo del pelotón —como él lo llamaba— no le parecía serio a Braulio.
José Manuel, que pasó de destacar en el equipo de baloncesto del colegio de los jesuitas a jugar en uno de primera división nacional como el Kas, terminó su vida deportiva volviendo a Zaragoza, donde colaboró decisivamente en la consolidación y ascenso del entonces llamado Helios y que actualmente es el CAI. Recuerdo haber acudido a muchos partidos al Pabellón de La Romareda.
El caso es que Braulio me ha venido hoy a la memoria porque uno de mis hermanos me ha recordado una graciosa anécdota, que aunque no tiene nada que ver con lo que estoy comentando no voy a dejar de reflejar. Parece ser que el maestro no era precisamente lo que suele llamarse un manitas. Estaba reñido con cualquier aparato que tuviera algún tipo de mecanismo para hacerlo funcionar. Recuerdo que mi padre decía que si te pedía fuego era mejor dárselo directamente que dejarle el mechero, porque lo más probable era que te lo devolviera inservible. Cuando se compró un coche alguien le preguntó de qué marca era, a lo que respondió con la mayor naturalidad del mundo: "No sé; uno que lleva la rueda de repuesto atada con una cuerda".






