Cita del día



CITA DEL DÍA: "El problema cuando se busca a la mujer perfecta, es que ella probablemente está buscando al hombre perfecto" (Phil Moss).

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domingo, 3 de junio de 2012

Pedro Fanlo, alias "Ruja"






Tuve el honor de conocer a Ruja y de escuchar de su voz alguna de las anécdotas que aquí se narran. También a Teresa, su mujer, a la que Dios concedió la virtud de la paciencia para convivir con una persona de su temperamento. Como homenaje a ellos quiero dedicar este relato a sus hijos (Graciela, Pedro y Marité), nietos (José Manuel, María Victoria, Fernando, Sonia, Rosa, Teresa, Patricia y Aznar) y biznietos (Víctor, Carlos, Manuel, Gabriela, Leire, Mario, Aurora, Carla y Gonzalo).




En un lugar de Los Monegros de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un guarda jurado de los vocacionales de su profesión, con chapa en bandolera, rifle colgado al hombro, boina ladeada, morral con bota de vino, cigarro en los labios, ceño fruncido, amor a los animales, recelo hacia las personas y elevado sentido de la justicia, la lealtad y el honor. Su nombre de pila era Pedro y su apellido Fanlo, pero todas  las gentes del lugar y alrededores le conocían por Ruja, apelativo con el que ha pasado a la historia de la comarca.

La figura de Ruja formaba parte de este paisaje
(Foto José Ramón Blasco)
Es pues de saber que nuestro protagonista, durante su infancia y adolescencia, se dio a leer libros de aventuras y novelas del Oeste, con tanta afición y gusto que olvidó casi de todo punto los juegos habituales de su edad y la relación con sus compañeros de escuela. Su vivienda, aislada en  medio del monte, primero como hijo de quien también fue guarda y después ejerciendo dicho oficio, tampoco favoreció en demasía el desarrollo de la sociabilidad que parece inherente a la condición humana.

Por su carácter arisco no necesitó demasiado esfuerzo para ganarse el respeto que su profesión  requería. Sin  embargo fueron sus valerosas intervenciones en acciones puntuales las que le fueron elevando poco a poco a la categoría de mito. Como  aquél  altercado en el que cuchillo en mano hizo huir a los componentes de una tartana de gitanos, pudiendo haber perdido la vida y estando a punto de hacérsela perder al que salió sigilosamente del grupo para atacarle por la espalda con una hoz.

Torrollón ubicado en el que fue su territorio
(Foto ocminter)
Sólo algún cazador furtivo despistado osaba poner los pies en su jurisdicción. O alguien que, por considerarse fuerza viva del lugar, pensaba que su presencia iba a ser merecedora de la vista gorda. Así le sucedió a un tal mosen  Andrés, que a pesar de su condición sacerdotal fue encañonado por el rifle de Ruja a la voz de “¡Manos arriba!”.
— ¿No  me  conoces, Pedro, hijo mío?
— ¡En primer lugar no soy hijo suyo y en segundo he dicho que las manos arriba!

Su relación con la religión era la mínima imprescindible. Para casarse con Teresa (santa esposa donde las haya) y para bautizar a sus hijos Graciela, Pedro y Marité. Los domingos solía acompañar a las mujeres de su casa a la iglesia y se marchaba de recados, hasta que calculaba que había terminado la misa. Parece ser que un día el sacerdote se extendió  en  la homilía y tuvo que esperar más de la cuenta. A la salida las recibió con moderadas manifestaciones sobre la institución, sus miembros y sus actos:
— ¡Me jodo en la Iglesia, me  jodo  en los curas, me jodo  en las misas y me jodo en los sermones!
Su hija Marité (tenía que llevar sus genes) fue la única persona que se atrevió a plantarle cara, en  esta  situación y en otras varias de la vida en las que fue necesario hacerlo:
— ¿Sabe lo que le digo? ¡Que yo me jodo en usted, padre!

Posando orgulloso con sus hijos Pedro y Marité.
Al igual que los manantiales ocultos en las entrañas del agreste paisaje monegrino son detectados por las varas cruzadas del zahorí, la sensibilidad escondida tras la coraza de hombre duro de nuestro ilustre personaje podía ser puesta en evidencia por un buen ambiente en torno a un guiso de conejo, con la bota de vino dando vueltas entre los comensales. Entonces afloraba el verbo fácil de un ameno narrador de sus vivencias, aderezadas frecuentemente con un especial sentido del humor. Como aquella vez en que tuvo que ponerse delante de un juez y fue presionado por el fiscal, para que hiciera extensiva la responsabilidad del suceso juzgado a la persona para la que trabajaba:
—Veo que quiere asumir personalmente toda la culpa, para congraciarse con quien le da de comer todos los días.
—A mí no tiene que darme de comer nadie, porque ya hace muchos años que me enseñó mi madre a hacerlo solo.

Una de sus debilidades fue su hija Marité.
Era en esas comidas cuando se ponía de manifiesto el poso de lo mucho que había leído. Además de las novelas de vaqueros, que tanto le habían marcado, conocía profundamente la obra de Emilio Salgari. Y cuando pensabas que sus lecturas no habrían pasado de ese tipo de literatura, te dejaba de una pieza al comentar con la mayor naturalidad que el libro que más le había impresionado era Los Miserables de Víctor Hugo.

Por aquellos pueblos no era el coco el que amedrentaba a los niños, sino la amenaza de llamar a Ruja. Ese variopinto personaje capaz de coger la moto a continuación de que una bala rebotada le hubiese vaciado la cuenca de un ojo, para presentarse en casa del propietario de la finca tras unas gafas de sol y decirle con tranquilidad: “He tenido un pequeño accidente”. El mismo que, conociendo desde su nacimiento a las hijas de éste, cuando se las encontraba con alguien que no consideraba allegado a la familia les apeaba el tuteo y las trataba de señoritas.

Nunca fue excesivamente dado a las manifestaciones de afecto, pero supo dejar como herencia a sus seres más queridos una entrañable muestra de su sensibilidad. A los pocos días de morir descubrió su familia en un almacén, al que sólo él tenía acceso, unas cuantas cajas de cartón. Cada una de ellas llevaba escrito con primorosa caligrafía el nombre de uno de sus nietos. Dentro de las mismas había una cuidadosa selección de libros, de acuerdo con la edad y gustos de sus destinatarios.

14 comentarios:

  1. Se identificaría a Jean Valjean por su sentido de la rectitud, del honor y de la justicia. Por otra parte, encontraría un equilibrio en los libros porque la lectura en definitiva, es vivir, durante el tiempo de la novela, todas aquellas vidas que no podremos nunca conocer y convertirnos en todos aquellos personajes que nunca podremos ser.
    Pienso que ha dejado tambien una reflexión sobre las apariencias: Las personas solemos tomar una apariencia, ofrecemos una presentación de lo que somos, creamos certezas a nuestro alrededor y cuando morimos, todas esas apariencias se destruyen para exponernos más profundos y sensibles de como nos han percibido los demás durante una vida.
    Un fuerte abrazo, Chema.

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    1. El hecho de ser consecuente con los claros principios que él tenía incorporó al temor que podía inspirar como guarda el respeto que merecía como persona.
      Se sentía cómodo en su papel de hombre duro, si bien de vez en cuando se permitía despojarse de su uniforme de Ruja. Entonces aparecía Pedro, la persona sensible y cultivada a través de la lectura.
      Un fuerte abrazo, Karima

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  2. Simplemente genial!! Nos ha encantado.
    Mi abuelo murió cuando yo apenas tenía dos años pero guardo en el recuerdo la siguiente estampa: la escena se desarrolla en la gran cocina de Cabañas, mi abuelo está sentado pacientemente junto a una pequeña mesa mientras mi abuela deambula entre fogones y perolas de estaño humeantes. Cerca del lugar donde se encuentra mi abuelo hay un acceso a una escalera que desciende (imagino que a un economato, despensa o reposte) y aquellos escalones llaman poderosamente mi atención. A pesar de mi tozudez y de mis reincidentes intentos, nunca me dejó bajar a descubrir lo que allí abajo hubiere.
    Chema, agradecemos muchísimo que hayas publicado este interesantísimo relato sobre el abuelo Pedro, gracias de todo corazón.
    Afectuosamente,
    Teresa Giménez Fanlo y familia

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    1. Siempre pensé que alguien debería escribir sobre tu abuelo; pero no un aficionado como yo, sino un escritor de verdad. Y no un relato de dos folios, sino algo mucho más extenso. El personaje da de sí para eso y para mucho más. Mientras alguien recoge el guante valga como aperitivo mi aportación, escrita desde el afecto y el respeto que siempre me mereció. Mi preocupación era que el resultado no fuera del gusto de la familia. Mi satisfacción vuestro permiso para la publicación, vuestra colaboración con la aportación de algunas fotos y tus palabras. Son la mayor recompensa que he recibido desde la creación de este blog a primeros de año.

      Para mí también fueron misteriosas esas escaleras, pero como me hice mayor llegue a bajarlas y voy a desvelarte el misterio. Abajo había una pequeña bodega en la que seguramente hubieras encontrado, además de los correspondientes toneles de vino, una tinaja de adobo (no de carne en aceite, sino de verduras en vinagre) preparado magistralmente por tu abuelo. Como verás no escondían ningún secreto. Simplemente sucedía que eran muy empinadas, por lo que resultaban muy peligrosas para una niña de la edad que tenías entonces.

      Aunque haya tenido que pedir ayuda para poder nombrar a los miembros de las nuevas generaciones de tu familia, el hecho de que seáis los descendientes de Pedro Fanlo y Teresa Peralta resulta para mí mucho más entrañable de lo que puedas figurarte.

      Un fuerte abrazo, que te ruego hagas extensivo al resto de la familia.

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    2. JORGE LASTIRI MARTINEZ22 de julio de 2012, 23:43

      Hola Teresa :
      He encontrado este Blog por casualidad , no sabía que tienes un abuelo tan famoso ,me ha gustado mucho la historia y los comentarios tan tiernos de como hablas de tus abuelos . Un abrazo muy fuerte . Lastry.

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    3. Le haré llegar tu comentario a Teresa, a través de mi hermana, por si ella tarda en entrar al blog.
      Un saludo.

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  3. En mi cabeza no dejan de golpearse recuerdos que creía ya olvidados de mi santa abuela Teresa, pues a ella la disfrutamos durante más tiempo. Ella fue para mis hermanos, Rosa y Aznar, y para mi, como una segunda madre. Nos vestía, "painaba", aseaba (la cara y las manos bien enjabonadas) y acompañaba hasta el colegio u otras actividades extra escolares. Nuestros zapatos -o botetas- no tenían competencia en cuanto a lo lustrosos y relucientes que los llevábamos cada día, mi abuela se empleaba a fondo dándoles betún y cepillándolos con brío. Mi hermana Rosa era su debilidad, siempre la defendía. Siendo muy revoltosa y en su puesto de ser la mayor, era la que casi siempre pagaba el pato, a menudo injustamente, pero allí esta la super-abueli en defensa de la más desfavorecida.
    Nunca supo pronunciar el nombre de mi hermano el tardano, Aznar. -¡"Amos que nombre"! Le llamaba "Arnal". No era la única palabra que se le resistía: "-Arnal, ven a ponerte la nora-" es decir, quería ponerle el anorak.
    A mi, en mi condición de mala comedora, a pesar de sus buenas artes culinarias, me decía: "escrupulosatragamoscas", sí, sí, todo de tirón.
    A todo esto, quiero destacar su caracter sufridor a la par que pesimista, imagino que como consecuencia de la dureza de vida que le tocó vivir. Cuando quedaba comida en la perola sentenciaba que el guiso no había gustado y, sin embargo, si nos comíamos todo lo que había preparado, la culpa igualmente era suya por no haber cocinado lo suficiente. Y claro, hiciese lo que hiciese, la pobre nunca acertaba! En fin, esta es, en esencia, la otra cara de la moneda, el complemento, la gran mujer que siempre hay detrás del gran hombre.
    Cuanto amor supiste darnos Yaya!

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    1. Y cuánto amor se desprende de tu comentario hacia ella. Para escribir su relato ya no necesitas a nadie, porque de ella sí tienes memoria y buenas maneras para hacerlo también.

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    2. Leo la historia, la releo, y todos los recuerdos se agolpan. ¡Cuántas horas juntos los tres en Cabañas!
      Y el rosario de agradecimientos continúa, Chema. Merecidos, naturalmente. Hace un rato la hija mayor de Pedro, Graciela. Te lo he dicho charlando, pero quiero que quede aquí constancia. Les ha encantado también a ella y a todos los suyos.
      Si en un principio tu respeto, tu rectitud, lo mirado que eres, te hizo preguntarme-preguntarles su opinión sobre la publicación, la respuesta la tienes en lo contentos que están tod@s. Y se nota perfectamente que lo dicen de corazón.
      Como bien dices, la historia de Pedro, de Teresa, no da sólo para tu historia de dos folios. Es para escribir un libro. Y de los buenos. Que nadie piense que las historias del oeste sólo se daban en América; que los bandoleros (que aquí se llamaban maquis) eran cosa de Andalucía, que también Pedro y Teresa tuvieron su historia con ellos, y muchas, muchas cosas más.
      Creo que, decididamente, voy a escribir a Almodóvar: si hizo la Primera Comunión en la Iglesia de Poleñino y aunque, según creo, no guarda muy buen recuerdo de esa época de su vida, a lo mejor le interesaría contar la historia de Pedro y Teresa. ¡Una buena historia, sin duda!
      ¡¡¡Ya te veo de guionista, Chema, y recogiendo el Goya...!!!

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    3. Mi preocupación del principio porque no pudiera gustarles pasó a convertirse en alegría por la ilusión que ya me transmitieron Marité (por teléfono) y Teresa (por aquí). Si me dices que también Graciela te lo ha manifestado, pues miel sobre hojuelas. Es sin duda la mayor satisfacción que me ha dado este blog en sus cuatro meses de vida. Evidentemente no tienen nada que agradecerme. En todo caso yo a ellas.

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  4. Genial mozo, sin palabras, pedazo homenaje, gran tipo él y qué decir de tí.

    Emotivo, aunque leyendo los comentarios ya queda claro, abrazos jefe.

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    1. Muchas gracias, Dess. Valoro especialmente tu comentario, además de por el respeto que me merece tu opinión, porque no está influido por la emotividad de haber conocido al personaje.
      Un fuerte abrazo.

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  5. Qué interesante estampa la de este Sr. Pedro Fanlo, alias Ruja. Siguiendo tu lectura he llegado a ver su aspecto, su carácter un tanto hosco salvo excepciones y su sensibilidad, aunque bien oculta. Se me ha hecho familiar, como si lo conociera o he conocido a alguien con parecidas características. El detalle de las cajas dice mucho de los sentimientos que tenía por los suyos. Lo del cura me ha parecido genial.

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    1. Disculpa la tardanza, María Pilar. Se me había pasado por alto tu comentario. Me alegra que te haya resultado interesante el relato de Pedro. Iba de duro por la vida, pero tenía más sensibilidad que muchos que van de sensibles. Una mezcla de ambas cosas, que le daban una personalidad muy especial.

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